jueves, 26 de mayo de 2016

El amor no basta

Llega y no me dice nada, su poca locuacidad no existe conmigo, por eso sé que algo pasa. Toma un periódico, se sienta, espero y le termino sirviendo un café, y vuelvo a esperar y sigo esperando y continuo esperando y nada, ni una mirada, ni una sonrisa, ni una palabra. Se levanta por fin, se acerca, deja el periódico en su sitio, no me mira, busca en sus bolsillos y es entonces cuando le pregunto que pasa. Y, en efecto algo pasa.

Viniendo para el pueblo, camino del coche, se cruzo con ella. Esa ella es una muchacha a la que conoció un poco en un hospital en el que trabajaba él, la chica llego allí por un accidente de trafico.
Los médicos hablan con los padres, la operación es complicada, mucho y de ella depende que la muchacha pueda o no volver a caminar. Por suerte, les cuentan, hace poco que ha vuelto un joven cirujano de especializarse en el extranjero de una novedosa técnica para realizar esa operación, técnica que multiplica y por mucho las posibilidades de éxito en la operación.

Pero los padres que dicen estar bien informados, muy bien informados, saber que el mejor cirujano allí era el que era, un hombre ya de largos años de oficio y merecido renombre y no un jovenzuelo que no parecía tener muchos más años que su propia hija, que bajo ningún concepto estaban ellos dispuestos a permitir que el cirujano que la operara no fuera el mejor, más tratándose de algo tan delicado.

Llaman entonces al cirujano en cuestión, que les escucha y les dice lo mismo. Que él esta ya, les dice, a punto de jubilarse, que ha salido una técnica nueva, mucho mejor que la que el conoce, que dado que se jubila y que había un cirujano joven muy prometedor se envió a ese a estudiarla y practicarla hasta dominar la susodicha técnica nueva, que ahora el podrá enseñar a otros aquí, pero que de momento es el joven, aun él único que la conoce bien y que de hecho el anciano pese a todo su renombre, dado que aun no conoce la nueva y quizá ni le de tiempo a aprenderla antes de la jubilación, si operara a la hija la tendría que operar con una técnica ya vieja y mucho menos segura.

Pero los padres siguen empeñados en que sea él y no el joven quien la opere. Dicen que allí, en el mismo hospital trabaja una tía de la chica como enfermera y que saben por ella que el mejor es el anciano.

Llaman entonces a la tía y a ella lo mismo que han contado le vuelven a contar los médicos. Y la tía recomienda entonces a los padres que la opere el joven, los padres la escuchan escandalizados por lo que consideran traición por parte de la tía. Y, se niegan y vuelven a negarse y siguen negándose a permitir que nadie salvo el que consideran mejor opere a la chica. Los médicos al final desesperan y la opera el anciano.

Quizá pudo salir bien, quizá de haber operado el joven también saliera mal. Pero de haber sido el joven las posibilidades de haber salido bien habrían sido muco mayores.

Puede que la historia que acabo de contar sea falsa o no, quizá es mi modo de relatar como unos padres, bien intencionados, le niegan una vacuna a un hijo, pensando que es un mal la vacuna, y no mucho después el hijo muere por la misma enfermedad que la vacuna le habría evitado y toda España se entera, no hace muchos meses de ello. O puede que no sea eso, que sea simplemente esa la forma en que prefiero relatar algo que he visto ocurrir más de un par de veces en mi propio entorno. Que se equivoca y tremendamente todo aquel que diga que lo que hagas por amor bien hecho está. Al fin y al cabo y como decía mi abuelo de buenas intenciones esta asfaltado el camino al infierno.

Y, es que...
No basta con abrir el corazón, hay que saber abrir los ojos.

jueves, 19 de mayo de 2016

Acerca de perspectivas, misterio y realidad

Hay un cuento, pienso que de origen sufí, que relata una historia que como todas las de ese origen es verdadera y además ocurre unas mil veces y aun más cada día y en la cual solemos vernos involucrados los humanos.

Dice la historia que en cierta ocasión un rey envió como regalo un elefante a su vecino el rey de los ciegos. El rey de los ciegos quiso saber que clase de animal era ese que su vecino le había regalado y envió entonces a sus ministros a palpar el animal para que le dijeran lo que el animal era.



Los ciegos ministros palparon y el que palpo una pierna declaro que era el animal como una columna, pero no de piedra o madera si no de cálida piel; otro, el que palpo la trompa afirmo que de eso nada, que el animal era como una serpiente grande y gorda. Más él que palpo una de las orejas los desmintió a los dos ya que noto que el animal era como una bandeja, aunque no de plata si no de carne. Hubo otro que fue el tronco del animal lo que palpo y por ello dijo que en realidad el elefante era como un gran muro, uno pared, de carne y hasta hubo uno que palpando la cola hizo saber al rey que el elefante en realidad era, como había dicho el segundo en hablar, una especie de serpiente, pero no gorda y larga si no más bien corta y de un grosor no mayor que su dedo gordo del pie derecho.

Esa historia tiene diferentes lecturas según la perspectiva desde la que se la lea, pero la que me interesa aquí es la de que la realidad es tan compleja y la vez simple que nos comportamos ante ella como esos ciegos, palpamos algún aspecto de ella y con frecuencia confundimos ese aspecto con la realidad misma. Todo tiene como mínimo su envés, nada es en esencia tal faceta suya y no las otras, somos, la realidad es, un todo.

Por eso colecciono perspectivas, las atesoro y nunca me canso de sumar más. Cada una de ellas me acerca un poco más a entender la realidad, aunque no hay ninguna suma de ellas que me pueda resolver el misterio. No del todo al menos, pues siempre quedan otras facetas por descubrir y a veces entre en las ya atesoradas descubro una equivocada, la de alguien que palpando por despiste los bigotes del rey creyó estar palpando al elefante.

En fin, el caso es que cada vez que encuentro alguien que pienso que me puedo ofrecer una perspectiva nueva, y correcta, monto una fiesta tal, para celebrar tal fortuna, que me puede durar una semana entera o más.

miércoles, 11 de mayo de 2016

La muerte me enseña a amar

Dado que nací todo me indica que algún día, más pronto que tarde, moriré. Mi muerte y yo somos viejas compañeras de camino, que aun no nos hemos encontrado frente a frente, no del todo al menos, pero que el propio camino terminara haciendo que nos encontremos y me abrace ella y yo a ella. Tanto tiempo nos llevamos observando la una a la otra que hay ya una larga lista de cosas que he aprendido de ella y gracias a ella.



He aprendido a amar mejor, y a no confundir ese verbo con otros.

Recuerdo un consejo que daba un psicólogo, para ayudar a que los matrimonios no se terminen rompiendo. Aconsejaba a cada miembro de la pareja recordar, siempre, que el otro se puede ir y de esa forma se le puede perder. Eso se supone, y lo creo, que dado que queremos a la otra persona, y por ello, no la deseamos perder, ese nos motiva para dar a dicha persona todos los motivos que podamos para que no nos deje y ninguno para que nos deje. Me parece un sabio consejo, seguro que suele funcionar. Pero es un consejo basado en el querer, no en el amar.

La muerte me enseño uno mejor, uno para los que aman o están dispuestos, al menos, a llegar a amar. “Recuerda que algún día morirá”. Al hacer eso recuerdo que en efecto algún día se va ir, no solo de mi lado, si no de la vida misma, que sus días, sus horas, se habrán terminado. Entonces todos los velos con los que mi propia vida envuelve a esa persona se me van, ya no es la persona que me aporta esto o lo otro, de la que espero, pretendo, quiero, busco, esto o lo otro. Se convierte ante mis ojos simplemente en ella, con todo lo que eso implica, su piel no es ya la piel que yo amo, si no esa piel real, la suya, que suda y es capaz de pasar frío, que la envuelve y protege pero puede a su vez ser dañada, que contiene un universo entero que la trasciende, es esa persona, ella, que vive su propia vida, desde su propio ser y con todo lo que ello implica. Un milagro en si mismo. Pero un milagro que algún día, quizá pronto, quizá ahora mismo morirá y ya no estará a mi alcance, no a menos al alcance de mis propias particularidades y peculiaridades. Ya no le podre dirigir la palabra, ni la vista, ni ofrecerle la mano. Ya no la podré ayudar más, ni herir, ni tantas otros cosas...

… Y, es entonces cuando se convierte en sagrado cada instante en el que aun sí puedo dirigir a ella mis palabras, miradas y tiene mi mano forma de dar con la suya. Y, eso, al recordar todo eso, hace que todo lo que yo quiero, anhelo, espero, deseo, busco, para mi pierda peso y lo gane todo lo que ella quiere, anhela, espera, desea y busque. Entonces si estaba enfadada con ella, eso hace que el enfado se diluya; si quemaba puentes entre ella y yo, eso hace que los busque reconstruir. Pero no por un miedo egoísta a que me deje, por miedo a que venga ya la muerte y se la lleve y ya no la pueda volver a abrazar, no por miedo a quedarme sin sus abrazos, que lo tengo, si no por miedo a que se quede ella sin los míos, no por miedo a quedarme yo sin sus palabras, que lo tengo, si no por miedo a que se quede ella sin las mías, no por miedo a quedarme sin sus miradas, que lo tengo, si no por miedo a que se quede ella sin las míos, y temo entonces que mis palabras, mis abrazos y miradas no le aporten a ella lo que pueden y por ello me las miro y remiro buscando hacer de ellas que sean lo que ella necesita, del modo en que lo necesita.

A eso me enseña la muerte a amar mejor. Y, otras cosas me enseña que hoy me voy callar, pero de todas es esa la que más valoro.

domingo, 1 de mayo de 2016

Hablando sobre la muerte

Temo que nos hemos pasado. Él y yo.

Fue una irresponsabilidad por nuestra parte continuar la conversación cuando nuestros interlocutores ya habían dado pruebas de no estar preparados para lo que contábamos.

Ya no soy capaz de recordar como comenzamos a hablar de la muerte. Pero resulta que ese es uno de mis temas favoritos y de hecho dos de los pocos comentarios que por el momento he dejado en algún que otro blog se debieron a eso. Para mí la muerte es muchas cosas, entre ellas una maestra. Me enseña a vivir mi vida, a no desperdiciarla y a ver las cosas con serenidad y perspectiva. Incluso me enseña a amar aun más y mejor a la gente que amo.

Pero cuando me encuentro, por ejemplo, ante un hombre de unos cincuenta años que me dice que no soportaría la muerte de su hermano pequeño si esta se presentara...

Que no la desee y le duela eso lo entiendo, por supuesto, pero que diga que no la soportaría eso me descoloca, no lo comprendo y menos cuando lo trata de explicar diciendo que es antinatural que un hermano entierre a un un hermano pequeño.

Ya no recuerdo que filósofo dijo una vez que las guerras son indeseables pues es antinatural que los padres entierren a los hijos. Eso lo puedo entender, aunque me parece una licencia meramente literaria, pura oratoria de masas, el llamar antinatural a lo indeseable. La guerra es indeseable, digo yo, por la sencilla razón de que es indeseable que se produzcan muertes por estúpidos caprichos de indeseables.

Pero que un hombre de unos cincuenta años llame antinatural a la muerte de un hermano solo por ser un puñado de años menor que el primero y ya haciendo una treintena de años que dejo la adolescencia atrás y no digamos ya la infancia....

 
Me parece profundamente inmaduro. Prueba de que estoy ante un niño y no un hombre. Ante alguien que ha tenido tiempo más que de sobra para hacer los deberes que la vida le pide al respecto, pero que aun así aun no los ha hecho.

Al ver eso debí parar y debí parar y debí parar, pero ni yo ni mi amigo lo hicimos y continuamos la conversación, sin percatarnos de que estábamos hablando a niños de cincuenta años.

La muerte de un ser querido impone en los seres humanos algo que en psicología se llama duelo. En la actualidad el duelo está siendo estudiado y se ve que es un proceso natural a través del cual pasa la persona para poder readaptar su vida a las nuevas circunstancias. Es doloroso, amargo, pero necesario. Y, es un proceso que atraviesa una serie de fases características de él.

El duelo es un trago amargo, pero inevitable si queremos estar adaptados a la vida. Pero hoy en día parece que le huimos, con lo cual poco bien puede hacernos. Nos empeñamos en vivir sin asumir la mortalidad, posponiendo aceptar ese hecho por lo desagradable que nos resulta y de ese modo cuando se presenta nos pilla sin la madurez necesaria para adaptarnos a ello. Ya no sabemos morir.

Por eso cuando la muerte llega nos golpea de un modo mucho más brutal, y es que hemos perdido nuestra capacidad para asumir nuestra condición de humanos.

Ese día debimos callar, necesitaban y mucho asumir nuestras palabras, aunque les dolieran, pues si bien oír las palabras y asumirlas hace daño a cambio aprovecha más que daña por ser el camino para prepararnos para lo que algún día llegara y más nos vale que nos pille fuertes y preparados. oír las palabras, cuando no se asumen, en cambio solo hace daño, producen el desgarro y no lo curan.

Debimos callar. Pero es que hasta ese día los habíamos visto como adultos, sus cincuenta años nos lo exige, y no supimos ver o si vimos pero no dimos asumido a tiempo que estábamos en realidad ante dos inmaduros.

domingo, 24 de abril de 2016

En noche oscura de naufragios

Hace media hora que se le ha servido la cerveza y aun la tiene sin tocar, habla entre risas pues ese hombre parece solo saber hablar de ese modo. Y, habla de una noche oscura, de barco naufragando y el mar queriendo tragárselo y de como él, ateo como es, rezo.

Vivo en Galicia, en la costa, donde buena parte de los hijos de los marineros son a su vez marineros y con la leche que mamaron del pecho de sus madres ya se les hizo ver, saber, vivir que la patrona de los marineros es la Virgen del Carmen.

Hay otras vírgenes, la Virgen del Pilar, la Virgen del Azogue, la Moreneta, la Virgen de Fátima, la de Lourdes, etc. Pero solo la del Carmen es su patrona, ninguna otra y jamás la confundirán con otra. Solo ella les escucha y solo a ella rezan cuando el mar se quita la dulce mascara y se pone bravo.

Toda mujer de costa comprende eso. Bien sabe diferenciar entre la mar, esa señora, que alimenta a su familia y le permite ver crecer a sus hijos en relativa seguridad y el mar, ese dios sin piedad, que se cobra los dones que regala la mar a un precio desorbitado. Las madres, las hermanas, las hijas, las esposas y hasta las vecinas saben que cuando se ve a un marinero embarcar no es posible saber si se le volverá a ver desembarcar. “No te cases con marinero, niña mía” me decía una vecina a la que el mar se le llevo un hijo y ya no lo devolvió.

Me da igual lo que digan los teólogos en el Vaticano, y a ellos y sus familias aun se lo da más. No se reza a la Virgen del Carmen para que eche a correr y suplicar a Dios salve, este, al marinero. Los teólogos dicen que sí, que es eso lo que se hace, solo Dios tiene el poder de obrar milagros, la Virgen solo el de interceder. Pero en momentos difíciles, cuando ves que el mar se te va tragar no hay tiempo para tales florituras. Se reza a la Virgen para que obre el prodigio, para eso y por eso existe, para obrar el milagro que salve al condenado. Ella es las madres de todos los marineros habidos y por haber hecha una.



Eso es lo que maman de niños, lo que interiorizan, lo que recuerdan incluso cuando parece que no lo recuerdan. Nada saben ellos de teologías, ni conocen la del Vaticano ni mucho menos la mía. Pero saben que en la soledad del mar hay alguien que nunca les deja estar del todo solos.

Y, aun así a veces no regresan y queda la casa vacía de ellos.

martes, 19 de abril de 2016

El dios de mi infancia

La primera persona que me hablo de de lo divino, y tales cosas, fue mi madre. Era yo entonces tan pero aun tan pequeña que no entendí nada. Andaba yo llorando desconsolada una herida recién hecha en una caída cuando ella intento de ese modo consolarme.

Me hablo de un dios y una tal virgen María que vivían en el cielo y me amaban por lo visto un montón y cosas así. No me hablaba de poderes, no era un este lo puede todo, si no de amores consolantes. Pero insisto que no entendí nada. Yo ya sabía por entonces que del cielo si nada lo sostiene todo se cae, mire y mire que podría sostener allá en lo alto a alguien y nada vi, nada salvo montañas circundandonos, colinas más bien, y termine deduciendo que lo que ocurría es que tal pareja habitaba en ellas y dado que no se veían casas por allá deduje que no la tenían.

No demasiado después, no sabría decir cuanto, una noche de truenos, pensé en ellos, los pobres a la intemperie, bajo toda aquella lluvia en una noche fría como aquella. Entonces, y gracias a la luz tenue que mi madre dejaba en el pasillo para evitarme no sé que miedos nocturnos, vi uno de mis pijamas descansando sobre una silla y comprendí lo que iba a hacer.

Y, ahora viene lo difícil explicar lo que hice sin que suene demasiado a majadería. Tome el pijama, volví a la cama y se lo ofrecí a ella, con palabras mudas. Lo acepto encantada, se lo puso y se quedo entre las sabanas, a mi lado, y al ver eso él se vino con ella. La cama era muy pequeña, claro, pero no parecían ellos mayores que yo, ella, por ejemplo, no hizo al ponerse en el pijama ni que la tela en modo alguno se moviera adaptándose a ella. Y, de ese modo, aunque no me quedo otra que dormir en un extremo de la cama, los tres nos arreglamos bien. Yo dormía abrazada a ella y ella a él. Unos días después logre otro pijama, uno muy viejo y ya retirado de uso para él. Al despertar y el ansia me hacía ser la primera en despertar, ellos se iban y yo ocultaba los dos pijamas extra bajo el colchón, muy en el fondo para que mi madre no los descubriera al hacer la cama. Y, la cosa funciono durante un tiempo. Hasta que termino descubriendo el escondrijo. Nada me dijo al respecto, simplemente ocurrió que una noche al ir a sacar los pijamas estos ya no estaban allí. Pero esa noche no llovía ni hacía ya frio y por eso pareció no importar.

Esa fue mi primera experiencia personal con los dioses, tratar de protegerles del frio y la lluvia.

Y, continuo corriendo el tiempo. Mi madre me enseño a leer y a las pocas semanas comencé a ir al colegio. Escuche entonces más sobre dios, que era bueno, todo lo sabia y todo lo podía. La verdad es que no era de esa forma como yo lo recordaba, pero se suponía que aquellos que tales cosas me contaban sabían mejor que yo lo que era o dejaba de ser él. Pero a mi siempre me pareció que dado que yo había estado con ellos y estos otros no mi opinión también debiera contar, cuando menos ante mi misma. Y, ocurrió en esos días, un poco antes o un poco después que escuche hablar de guerra. Por lo visto la guerra era que dos grupos de gentes se dedicaban sistemáticamente a hacerse mutuamente todo el daño que pudieran. Yo no entendía que, dado que existía dios, tal cosa fuera posible. No me atreví a plantear mi duda ante el profesorado, pero con mi madre sí había suficiente confianza. Se lo pregunte.


Cuando le hice la pregunta primero no supo que contestar, luego lo intento. Pero no la contesto. Ni siquiera la entendió. Que dios es una cosa y los hombres son otra ya lo sabía, que lo que ocurre es que los hombres hacen muchas tonterías ya lo había comenzado a sospechar. Pero lo que yo preguntaba es otra cosa. Si dios es a la vez enteramente poderoso, sabio y bondadoso intervendrá cuando alguien, haciendo el tonto, haga daño a otro, y como lo va hacer nadie va ser tan pero tan tonto como para hacer el tonto hasta ese punto pues sabe que dios no lo permitirá. Algo había pues que no encajaba en todo eso. Yo era por entonces una niña, pero no una tonta. Pero hasta que cumplí los 16 años no supe de nadie que se hiciera la misma pregunta. Y, no fue hasta muchísimo después que encontré la respuesta.

Por lo tanto cuando llegue a los 12 años dios era para mí una pregunta, no una respuesta.

Y, fue a esa edad, en clase de religión, en que un sacerdote, buena gente, hombre de fe y no muchas luces, me dejo profundamente boquiabierta.

Nos pregunto a la clase que motivos teníamos para creer que la religión cristiana es la verdadera, nadie supo que responder, sonrió entonces y paso a preguntarnos si la Biblia era una prueba, nadie contesto, volvió a sonreír y afirmo que de eso nada, pues la Biblia era un libro pero había otros libros, bien distintos, que decían ser sagrados y que nada nos probaba que esos libros y la Biblia incluida no fueran un invento humano, una leyenda llego a decir. Y, que lo mismo pasaba con no sé que tradición oral cristiana, que bien podía ser mera leyenda pues de nuevo nada probaba lo contrario. Nada, dijo, salvo ese algo que el sabía y nosotros, por lo visto, no. Y, volvió a preguntarnos que era eso que si probaba la veracidad del cristianismo e indirectamente la de la Biblia. Todo el rato sonriendo, se ve que se lo estaba pasando en grande pues había realmente logrado dejar a la clase de lo más intrigada y atenta a sus palabras


Espero un rato, continuo esperando y finalmente viendo que se daba toda la clase por vencida nos explico cual era esa prueba. Entonces fue cuando me quede boquiabierta. Su “prueba” eran los milagros. Los de Jesús, que no los hubiera podido hacer según él, de no ser dios.

Soy, de siempre, una mente de esas que algunos llaman “primitiva”, por ello para mí entre magia y milagros no hay diferencia y eso que algunos llaman sobrenatural me resulta ser, a mis ojos, la cosa más natural del mundo y jamas entenderé que hacen en esa palabra, que pintan allí, sus cinco primeras letras. Pero si los milagros que Merlín el Mago no me van convencer de que ese tal Merlín sea dios si no un simple mortal con poderes, los milagros de Jesús de Nazaret tampoco me van convencer de lo contrario. Si la magia de uno no me convence de que su historia no sea una mera leyenda, la del otro tampoco me va probar que haya existido y mucho menos que fuera tal y como me lo cuentan. Pero eso no es lo que importa.

Lo que importa es que si las fuentes de información que dices usar tú mismo las calificas de no fiables, entonces no puedes decirme que si aparece en ellas alguien haciendo magia, perdón quise decir “milagros”, ese alguien queda demostrado que es dios y por lo tanto a historia en la que nos cuentan sus milagros es necesariamente verdadera y ya para nada dudosa. Eso lo sabe cualquiera, crea o no en milagros.

Si os cuento una historia en la que el Pato Donald hace milagros, no por ello os vais creer que el pato es Dios, ni que por ser él Dios queda demostrado que la historia que os cuento es verdadera. ¿No? Pues eso.

Qué mi profesor de religión, que además era cura, no se percatara de ello es significativo. Y, destruyo de forma ya definitiva cualquier esperanza mía de encontrar respuestas a determinadas preguntas en el seno de la cristiandad. Hasta entonces yo tenia sospechas pero no argumentos contra la supuesta veracidad de la Biblia.

Los cristianos no saben dar respuesta al problema del mal, los cristianos creen que el mero ser poderoso significa ser dios, los cristianos creen en un libro del que carecen de motivos lógicos para fiarse. Son tres buenos motivos para no ser cristiana.

Y, yo seguía sin una respuesta a mi pregunta.

jueves, 14 de abril de 2016

La mirada invisible

Ocurrió que hallándome sentada en una terraza, con un par de cafés por medio y sendos pitillos, un amigo y yo, coincidió en pasar por allí un matrimonio afable al que ambos habíamos conocido no hace mucho. Y, fuimos cuatro y ya no dos los sentados en aquella mesa sobre la que pronto descansaban, cuando lo hacían, tres cervezas y un solo café. Pero lo que importa fue la conversación.

Me contaba ella las cosas de ellos y yo la dejaba hablar encantada, de siempre he sido mejor escuchando que hablando y tenia ella un buen montón de cosas de esas que realmente vale la pena escuchar. En eso estaba yo centrada en ella cuando el marido, hasta entonces más bien callado, nos interrumpió para decir a ella, con animo celebrante, que la estaba yo hipnotizando con la mirada. 


Fue oír eso y sentirme incomoda. Lo mire a él, y la mire a ella buscando ver si en sus rostros se traslucía que hubiera hecho yo algo indebido. Nada de eso vi, pero si vieron ellos en mí esa incomodidad mía.

Soy persona, en la actualidad, de ojos huidizos, esquivos, muy sensible a que me vean la mirada. De no temer que unas permanentes gafas de sol me delataran, aun más, las llevaría hasta para dormir. Hay un dolor profundo en el fondo de mis ojos, que ni amigos ni enemigos quiero que conozcan o sospechen, unos sufrirían por empatia y para nada útil pues no hay nada que puedan hacer, los otros lo celebrarían y a esos no me place darles ese gusto :-D

Viendo mi incomodidad ambos se sintieron cortados, ninguno quería herirme, fue ella la primera en reaccionar, defendiendo mi mirada de lo que ahora parecía una acusación, parecía haber hecho él algo incorrecto, cosa que no había hecho y salí entonces en defensa de él. No fue una defensa cortes, fue sincera y simplemente honesta. No se trataba de que el no hubiera hecho nada malo, se trataba de que me había prestado un servicio, al describir de ese modo mi mirada me daba información sobre ella que me ayuda a conocerme y pulir mis, muchas o pocas, dotes comunicativas cara a cara. De hecho me estaba dando una perspectiva sobre mi mirada que yo jamás podría tener por mi misma y de ese modo ampliaba mi consciencia de mi misma y del mundo.

Argumento entonces él, más dispuesto a darme la razón antes a ella que a mí y bien dispuesto incluso a aceptar culpas si hacía falta, que en realidad era falso lo que yo decía pues como mínimo de vez en cuando me mirare en el espejo y veo entonces mi mirada. Se equivocaba él, la mirada que tengo ante el espejo no es la mirada que muestro ante otra persona, pues las circunstancias cambian y con las circunstancias la mirada. Y, al final los tres convenimos que en efecto jamás me veo la mirada cuando miro a otro, salvo quizá en cierto modo y a nivel subconsciente en el reflejo de sus pupilas, pero dudo mucho que sea yo tan perspicaz. Por lo tanto él sí me había abierto una perspectiva nueva a la que yo hasta entonces era ciega. Gracias a él, pues, ahora soy un poco menos ciega.

Ocasionalmente, pero varias veces al día, he estado trabajando para tratar de entender esa mirada. Analizo lo que sentía yo en esos momentos para tratar de prever en que circunstancias se me activa esa forma de mirar, y trato de recordar lo que veía en Carmen mientras la miraba de ese manera para ver si puedo hacerme una imagen del modo en que esa mirada es recibida por gente como ella, entre otras cosas sé que esa mirada le mostraba por mi parte un extremo interés en sus palabras y que eso la atraía a seguir contándome más y más. En cierto modo para mí, en esos momentos, solo existía ella y lo que me contaba y estaba absorta en obtener toda la información posible, me interesaba incluso su ritmo respiratorio mientras me hablaba. Por lo tanto reduje tanto mi perspectiva a ella y sus palabras que olvide, en buena medida, puse entre paréntesis, el resto del mundo.

Por eso, extrema concentración y despertar en ella ganas de hablar aun más, termino produciendo en él la descripción de la mirada como hipnótica. Me parece incluso, ahora, que ya es esa una mirada que tengo visto, no por supuesto en mí, en otra gente, una o dos veces en mi vida, más no soy capaz de recordar en que circunstancias, cuando, ni a quien.

Las miradas propias nos desnudan ante los ojos de los demás, las miradas ajenas, en cambio, nos abren al mundo.

jueves, 7 de abril de 2016

Cuestión de perspectiva

Apenas son las cinco de la madrugada pero da igual, despierto, debería seguir durmiendo, pienso, pero he despertado tanto que lo estoy del todo, imposible volver al sueño por hoy. Eso me proporciona unas tres horas sin nada que hacer, horas que quiero llenar con algo que me las haga tener sentido para mí. Y, me pongo a buscar, dentro de mis posibilidades, con que las podre llenar. 


Pienso en ir a la cocina y hacer una infusión, pero lo desecho. No me apetece ir.

Pienso en encender el ordenador, que lo tengo conmigo. En jugar un rato con él, pero no deseo jugar. En ordenar los archivos que baje de Internet, pero ya me pase ayer varias horas haciendo eso y por ahora no hace falta más. En escribir algo para el blog pero no se me ocurre nada o si se me ocurre no lo quiero publicar.

Pienso en mi diario, en abrir la mesilla de noche, sacar el cuaderno del cajón y escribir algo, pero es un algo que me duele tener que escribir, que pospongo día tras día pues no quiero hurgar en la herida. Y, sigo sin querer hurgar. Hoy también lo pospongo.

Pienso en leer algo, pero ya no me queda ninguna novela por leer, de esas que uso para evadirme y distraerme en las horas muertas, que no para otra cosa las compro. Hay sí algo nuevo de filosofía, sociología y hasta algo de psicología, pero no me tientan lo suficiente, estoy despierta, sí, pero sin ganas de perderme en lenguajes raros, descripciones de las salvajadas que los humanos podemos hacernos entre nosotros o incluso a nosotros mismos. No tengo nada de historia por leer, pero me queda un libro, mera colección de citas, por acabar, pienso que como medida desesperada no está mal para unas horas, pero quisiera algo mejor.

Pienso que en otro tiempo podría pasar este tiempo meditando, pero hace mucho que meditar ya solo me aporta dolor, pues me abre al presente y me regresa al mundo.

Pienso en ordenar la habitación, que ya le va haciendo falta, pero siempre me ha repelido hacer eso sin la compañía de la luz del sol.

Desde la perspectiva de “debería estar durmiendo pero ahora no puedo”, miro y nada veo con lo que rellenar de un modo satisfactorio este espacio temporal que de repente se me abrió. Entonces cambio de perspectiva, me digo. Y, dejo de buscar algo útil, satisfactorio, que le de sentido a mi tiempo. Me pierdo en mí, viendo mi persona con todo lo que ello implica, viva en medio de la vida, contemplando como, ante una perspectiva que nada me aporta, como opto por cambiar de perspectiva. Y, mi recuerdo se refresca sobre lo que es la perspectiva, lo que soy yo, lo que es la vida y el vivir. Y, me descubro hablando imaginariamente a una audiencia imaginaria, sobre todo ello. Explorando palabras y su orden, buscando poder decir más y mejor a la vez que trayendo a la memoria, más bien a la luz de la mirada, aquello que pueda tener sentido decir. Y, descubro ahora mismo que no va ser hoy, pues ha ido pasando el tiempo, ya hemos dejado atrás las seis de la madrugada, ya los pájaros cantan hace rato y aun no tengo las palabras ni ideas claras para hablar sobre la y las perspectivas, pero ese es un tema que sí quiero y sí debo tocar en el blog, aunque lo comience hoy, de esta manera, contando como un mero cambio de perspectiva le ha dado sentido a ya más de una hora de tiempo que parecía estar vació y no querer llenarse de cosa alguna, y de que modo empezando por no encontrar nada sobre lo que escribir y querer publicar basto ese cambio de perspectiva para encontrar ese esquivo algo que sí quiero escribir y publicar.

Ahora si adquiere sentido preparar y beber la infusión de la que antes hable, los pájaros y su trino me acompañaran. Simplemente no me la quería tomar sola :-)

… Y, mientras lo hago pensare en perspectivas y palabras

lunes, 4 de abril de 2016

Los sueños de los dioses

Aunque las palabras exactas ya se las llevo el viento, voy contar una historia que alguien me contó:

Al principio Dios estaba solo y dada que estaba solo nada tenia por hacer, por ello dormía.

En su sueño soñaba y soñó y fue que en su sueño vio, bajo un claro de luna, una mujer que en las aguas de una laguna, mientras cantaba, se bañaba y tanto la miro y tanto la escucho que termino con su corazón enamorado. Nunca tal cosa le había ocurrido, de repente en la eternidad algo nuevo había ocurrido. “¿Qué es esto?”, se pregunto, “¿Qué me ocurre?”. Dios no comprendía y eso le alerto y la alerta le hizo despertar. Y, al despertar lloro y no sabía que le hacía llorar. Pero sí sabía una cosa, que nada había más importante que aquella mujer y su canto. Y, entonces Dios tomo una decisión, decidió que la mujer no fuera un sueño, que fuera real, que además de cantar existiera. Y, la eternidad entera obedeció el deseo de Dios, así nació el mundo para que ella pudiera nacer en él. Dios supo de ello, pero vio que no era suficiente, anhelo ver y escuchar sin necesidad de soñar. Y, la eternidad de nuevo satisfizo el anhelo de Dios, y lo convirtió en hombre, para poder amar sin necesidad de soñar. Convertido en hombre Dios olvido ser Dios, olvido incluso la causa del mundo, y hasta su amor olvido, pero el recuerdo que anida dormido a veces despierta. Y, entonces pasan cosas.

“¿Sabes por qué te he contado esto y del modo en que te lo he contado?”, me lo pregunto quien me lo contó con la cabeza negué saber. “Te lo he contado por ser una de las pocas verdades que vale la pena conocer en la vida”, me dijo, “y te lo he contado de este modo y no de otro por ser tú mi nieta y yo tu abuelo, que si fuera tu abuela te habría hablado de cuando la Diosa esta sola y soñó un hombre, bajo un claro de luna, cantar mientras se bañaba en las aguas de una laguna y todo lo que después paso; y sería la misma historia”


Y, entonces el hombre y la niña guardaron silencio y ambos se quedaron contemplando la lapida bajo la cual la tierra guardaba los restos de una esposa y abuela que yo nunca llegue a conocer. Y, sé que aquellas palabras no fueron inventadas para mí si no para ella y que si me fueron dichas fue para hacerme comprender que yo veía una lapida pero no era una lapida lo que veía él.

No sé si él se daba, dio, o no cuenta de que ya nunca olvidaría yo la historia. De que me marcaría incluso mi forma de ver la vida y mi relación con el mundo y los demás, de lo que si estoy segura es que nunca sospecho que a mi vez contaría la historia en un blog. Pero curioseando encontré una entrada en un blog ajeno, que seguro no la entiendo bien o cuando menos no del todo, pero que me ha hecho recordar una vez más lo que le sucedió a Dios cuando en un sueño soñó y todo lo que ocurrió después.

sábado, 2 de abril de 2016

El ciclo de la vida

Ayer lucia el sol, hoy llueve. Mañana quizá de nuevo luzca el sol.

Todo es ciclo.

Contaban los antiguos que antes que la vida pueda ser ya existe eso que llamaban caos, y sobre ese caos, en él, ya esta presente un principio, una fuerza, un poder primordial, nacido del propio caos. Y, ese poder actúa, da lugar al orden a partir del caos, de ese modo nacen las formas coherentes, que se encarnan en la materia y hacen ser al cosmos, al orden, la luz, pero ese cosmos, ese orden, esa luz no destronan al caos si no que son cual pequeña isla en medio de un mar sin limites. Y, es que el cosmos nace y es pero nace y es en el caos. Por ello todo lo que se compone termina descomponiendose, el orden vuelve al desorden, la luz a la oscuridad. Y, vuelta a empezar. Todo lo que nace muere y es precisamente esa muerte lo que sirve de puerta a un nuevo nacimiento. Todo es cíclico, no existe pues caos sin orden, ni orden sin caos


El ciclo de la vida tiene un ayer, un hoy y un mañana; ciclo son los días, las estaciones, los años y las generaciones. Pero no son los ciclos solo en el tiempo, lo son también en cada instante. Ahora mismo, oculto tras las esquinas del orden, se encuentra presente ese caos al que ese orden quiere volver para volviendo poder renacer en un orden nuevo, de ese modo quiere la lluvia agotarse, para poder cesar, busca colmar su medida, y dar así nacimiento a un día sin nubes y puro sol, que a su vez clamara llamando a la lluvia.

En eso consiste el ser de las cosas, humanos incluidos, en ir siendo. No otra cosa es la vida.

Si el caos es inalterable, pura permanencia, ausencia de forma, la vida es todo lo contrario. Es la vida puro fluir, forma que cambia para poder seguir siendo forma, semilla que necesita ser raíz para ser tallo y ser fruto que vuelva a ser semilla. Cada vida, cada fluir, cada forma son adaptación a toda la vida, a todo su fluir, a su momento en el cosmos.


Soy, en el momento oportuno, un fragmento de orden en el caos. Y, a veces hasta me da la sensación que lo comprendo.