lunes, 5 de septiembre de 2016

La chica que ríe y ríe y no para

Su nombre es Carla o vamos decir, aquí, que ese es su nombre, que es más o menos lo mismo.

Hay varias cosas, muchas en realidad, que me llaman la atención en Carla. Una de ellas que, al menos en publico, cuando interactua con otra gente se pasa el 60% del tiempo riendo y el resto sonriendo y cuando digo el 60% seguro que me quedo corta. Lo hace con todo el mundo, hombres o mujeres, independientemente de la edad y le conozca o no. A alguien que como yo es bastante “ogro”, que rara pero muy rara vez sonríe y que pueden pasar meses sin que ser humano me vea reír, algo como esto me llama la atención.


Normalmente, en otras circunstancias a alguien que hace eso, lo que ella hace, inmediatamente lo catalogaría de mente simple y estoy usando un eufemismo cuando digo eso. Pero no puedo catalogar de ese modo a Carla, pues hay demasiados detalles en ella, aunque ahora no venga a cuento detallarlos, que lo contradicen. No, Carla no es simple para nada. Por lo tanto encuentro en ella un misterio que, por ahora al menos, aun no he resuelto.

He pensado, buscando posibles explicaciones, que quizá es victima de un suceso de su infancia, que en algún momento de su primera infancia alguien la valoro de un modo similar a como fue valorada una de las niñas de las que hablo en un articulo ya publicado. Fue valorada no por ella misma si no por la capacidad que en ese momento mostró para alegrar la vida y hasta hacer reír a otros. Y, se quedo con la “copla” y desde entonces sus intentos de caer bien a la gente y ser estimada radican su estrategia en transmitir alegría, incluso cuando en realidad por dentro pueda incluso estar llorando. Pues buena parte de su risa más parece destinada a ser oída que liberada.

Pero, no puede ser eso solamente. Hay algo más. Como ya he dicho ella no es simple. Es de mente y corazón complejos, profundos si lo preferís expresar de este otro modo. Extensos. Eso, seguro, no me confundo.

Solo dos veces la vi fuera de sus risas y sonrisas. Adentrada en furia. Una fue le día, la noche más bien, en que nos enteramos de la muerte, injustificada, innecesaria, vana y causada por mera necedad humana de un grupo de personas. Eso la enfureció y fue furia, rabia y dolor lo que entonces grito. La segunda ocasión no grito nada, pero hablo alto y claro, interviniendo para evitar una absurda pelea a puñetazos entre un grupo de necios amigos de tales cosas. Y, lo consiguió, en ambas ocasiones vi su temple y que tiene un fuerte instinto de justicia. Y, no me encaja ese temple con ese no saber parar de reír, ni la velocidad con la que es capaz de adaptarse a giros inesperados en una conversación, es de inteligencia rauda y por lo tanto eso tampoco me encaja con la posible explicación, simplona, que de su no saber parar de reír he dado antes.

¿Qué sucede entonces con Carla?

Cada vez que la veía no podía dejar de hacerme la pregunta.

Pues bien, es posible que haya por fin resuelto el misterio.

Esta tarde mientras ella reía yo me baje un puñado de paginas web para mirar luego en casa, ya en casa vi que había otro puñado, bajado hace ya tiempo, que aun no había leído y me puse a ello. Encontré en una de estas últimas material, pienso, para una entrada que publicare en otro blog, uno que no es mio, pero entre ello una cita que me parece y creo no equivocarme que engarza directamente no solo con un tema que tengo pendiente desarrollar tanto en este como en ese otro blog si no, que es lo que importa hoy, con el misterio llamado Carla.

Esa cita es de un taoísta del que ni tenia noticia de su existencia pero que hablando del camino hacia la felicidad nos dice:

“La gran mayoría de las personas
qué vacía y mal se siente, porque usa
las cosas para deleitar su corazón,
en lugar de usar su corazón para
disfrutar de las cosas. ”


Lo primero que pensé es que esa cita me viene genial, ya que expresa a las mil maravillas lo que pienso sobre el sentido de la vida y por lo tanto lo que pretendo decir el día que hable de ese amigo mio que no le encuentre ninguno a la vida, lo que pretendo decir si algún día, como pretendo, hablo de un tal Cioran y la razón que hace que tal hombre, su modo de ser, me repela. Pero tras un instante, un poco largo pero instante al fin y al cabo, me dí de cuenta de que esa puede ser la razón profunda que explique y con ello se resuelva el misterio que encuentro en Carla.

Puede que Carla no sea taoísta, puede que ni sepa lo que es el taoísmo, pero bien puede ser, y cuanto más lo pienso más me parece que en efecto es, que sepa ella, sin que nadie se lo haya enseñado hacer uso “ de su corazón para disfrutar de las cosas”. Simplemente eso, Que sabe lo que la inmensa mayoría de nosotros ignoramos.

Un día de estos en que la ocasión se me muestre oportuno lo tendré que hablar con ella, a ver que es lo que me puede enseñar sobre ello. Pues cuanto más lo pienso más me parece que entre lo que ya sospechaba ayer y lo que recién he comenzado a sospechar tengo por fin el misterio resuelto.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Recapitulando

El blog nació, como idea, una tarde de verano. Y, su primera publicación fue hecha poco después, el 21 de agosto del año pasado. Fue concebido para cumplir una función y en aquellos días lo procure preparar para ello.

Concebimos el blog entre tres, una camarera y dos clientes de confianza. Pensamos que sería interesante contar toda una serie de historias relacionadas con bares, cafeterías y similares. Para mantener la privacidad de todos aquellos relacionados con ellas pensamos en inventar un personaje, una camarera, Lilith, que las contaría, un local ficticio en el que las centraríamos, en un pueblo de la costa gallega aun por determinar y quizá también ficticio. Pero en realidad, salvo dar su ocasional opinión personal, dos de ellos nunca han hecho nada en el blog, por lo que, y me costo meses, termine aceptando que en realidad el blog es mio y solo mio. Y, Lilith en vez de ser un personaje ficticio ha terminado siendo simplemente un seudónimo mio, como lo podría ser cualquier otro.

En realidad el blog nunca fue aquello para lo que lo pensamos aquella tarde.

Fue pasando el tiempo y estos días se cumple un año de su existencia, en realidad lo hace hoy (aunque este texto lo publicare más tarde) día 24 de agosto por la sencilla razón de que la publicación del 21 se hizo solo para que la del 24 no fuera la primera. El 24 es el aniversario de un homicidio del que me había enterado poco antes, y quería que en esa fecha apareciera algo en recuerdo de la victima. En honor de ella. En recuerdo suyo. Pero no que apareciera en un blog en blanco, desnudo y que en aquellos momentos yo sentía como frio, demasiado, para algo como eso. Le quise hacer esa entrada previa como un modo de “acoger” mi duelo por una persona a la que nunca podre conocer.


Luego el blog continuo, una noche paso algo, vi algo, sucedió, el tipo de cosa que no debiera pasar.
A la tarde siguiente hubo una discusión. Yo tolero muy mal a la gente violenta. Y, tampoco tolero muy bien, que digamos, a los que disculpan o justifican a esa gente. Esa discusión me dejo muy mal sabor de boca, tanto que escribí algo, para lavarme la boca con palabras y quitarme de ese modo buena parte de ese sabor. Pero unos días después aun estaba bajo el efecto de ello y era de nuevo un 24, esa vez de Diciembre, entonces escribí algo que de otro modo seguramente no me habría dado por publicar.

Ese 24 de Diciembre hago publico que soy pagana, no es que mi paganismo sea un secreto, no lo es para nada, pero no todos mis amigos saben que lo soy, y la razón es sencilla, nunca vino a cuento que se lo dijera, nunca lo preguntaron, les da igual. Y, es que aunque mi paganismo no sea un secreto tampoco es una bandera que enarbolar, o al menos no lo venia siendo hasta ahora. Pero ese 24 de Diciembre sentía una feroz necesidad de explicarme. Encuentro intolerable la tolerancia hacia lo intolerable. Disculpar un maltrato, justificar un maltrato, excusar un maltrato es facilitar el maltrato y que se haga eso con palabras pronunciadas en tono de santidad me parece no solo un insulto a la vida, me parece un insulto a las victimas. Lo tenia que decir.

Pero al publicar eso no pude evitar sentir curiosidad sobre que habría en la red, Internet, sobre paganismo. Y, curiosee.

He sido invitada a publicar en un blog de paganismo. Y, puede que piense ya más en ese blog que en el mio. Me duele cada vez que tengo que autocensurarme en este blog, para no herir la sensibilidad de algún vecino, por otro lado gracias a Vicent el blog no parece un monologo, pero sigue teniendo mucho de monologo y no soy amiga de los monologos, además me cansa tener que andar pidiendo permiso para publicar ciertas historias, encima cada vez que lo hago se entera alguien nuevo en el pueblo de que tengo el blog lo que a su vez incrementa mi tendencia hacía la autocensura de las historias. No sé.

Algo va mal, algo hago mal.

Estoy dejando que opiniones ajenas decidan lo que publico o no y el modo en que lo hago, incluso opiniones que me imagino.

De ese modo no me sorprende que le ande tomando alergia a publicar.

Pero no falla el blog, ni lo que hago en él, falla la perspectiva con la que miro lo que hago en él. Con una perspectiva ajena en la que me difumino y termino perdiendo. Por lo tanto, el blog no va cambiar, voy ser yo la que cambie, para volver a ser como era con él antes de que que cambiara mi mirada por la ajena.

Diagnosticado el problema la solución parece fácil.

Hace unas noches, la del sábado, alguien me dijo que la mayor parte de la gente en vez de vivir como creen que deben vivir viven como creen , ellos, que los demás creen que deben vivir. Me dijo que yo no soy una de esas personas, y tiene razón, a veces no lo soy. Pero es muy fácil terminar siendo así, incapaz de vivir salvo pidiendo permiso a los demás para vivir. Y, a veces, de tan fácil que eso es, hasta yo caigo en esa trampa.

Es hora de salir de ella.

domingo, 31 de julio de 2016

Algo está pasando

En efecto y no voy entrar en detalles pero algo está pasando. Hasta el blog lo delata, pasan los días, las semanas, y las publicaciones que quisiera hacer no se dejan escribir y mucho menos publicar, tengo la mente en otra parte. Vivo en un transito entre un antes y un después como solo he vivido dos veces antes en mi vida.

La primera vez fue el verano que ,terminado el instituto, comencé mis estudios universitarios. Por supuesto luego no fueron las cosas “exactamente” tal y como esperaba, nunca lo son, salvo, quizá, si es muy poco lo que imaginamos y yo era mucho lo que imaginaba. Pero tampoco fue tan distinto. Un más o menos.

La segunda vez fue el verano justo antes de iniciar el curso final de cierta licenciatura. Fue un mar de promesas en el que cual gota de agua en el océano me deje disolver. Para entonces era un poco más sabia que la vez anterior o quizá simplemente menos ingenua o menos tonta, y poco o nada fue lo que me deje imaginar, simplemente me deje llevar, encantada de ser llevada a una nueva vida.

De nuevo en verano se presenta un momento similar a esos otros dos. Un momento prometedor. Pero mucho más radical que los otros dos, con un antes y un después brutalmente distantes, inmensa es la distancia que de tan grande que es hasta el Atlántico se me aparece charquito de agua de lluvia.

 No hay prisa, y me gustaría decir que eso se debe a que más sabe del camino la tortuga que la liebre, pues la rapidez de una la ciega a un montón de pequeños detalles que, pese a pequeños y quizá precisamente por pequeños, bien puede que sean en realidad los más fundamentales del camino. Y, yo soy amiga de aprender. Sí, me gustaría decir eso y callar, por ser mentira, que no lo es, que una cosa son las promesas y otra el final del camino. Algo está pasando, pero nada me garantiza un final venturoso. Simplemente me promete que salga bien o mal tendré, estoy teniendo, una oportunidad para que salga bien. Y, con eso, por el momento me basta. Por si me saliera mal, no hay prisa, quizá, si sale mal, sea la última vez que la vida me regala una esperanza hermosa, nunca se sabe, y la quiero saborear. Sé que no me estoy explicando, no es fácil sin contar demasiado.

Durante años, demasiados años, la esperanza jugo conmigo a un juego cruel.

A un juego sádico.

Mi vivir era como el de aquel pobre desgraciado al que los dioses condenaron a subir colina arriba una pesada roca, y cada vez que la roca estaba a punto de pisar la cima resbalaba sobre el condenado, lo aplastaba y corría colina abajo, a donde el condenado de nuevo tenía que bajar, aplastado como estaba, a empujar la roca colina arriba, para de nuevo, una y otra vez acabar aplastado por ella y volver corriendo colina abajo a de nuevo empujar la roca. La diferencia es que en mi caso no era una roca la que me aplastaba los huesos, era la esperanza rota reventando mi ingenua alma, y cuanto mayor era la esperanza mayor era el aplastamiento. Por eso aprendí a huir de la esperanza, simplemente sin ella vivía mejor. Y, es que entonces, como luego comprendí, eran esperanzas equivocadas, esperanzas que no tenia fuerzas yo para hacerlas llegar a la cima de colina alguna.

Pero la esperanza de la que hablo hoy es diferente. El viento mismo sopla a favor de ella, la empuja, tiene alas, y la colina no parece muy alta, ni muy escarpada. Al contrario que las vanas esperanzas en su día inventadas por mí esta es una esperanza que no busque, que me salio al encuentro en el camino, que se topo conmigo y yo con ella, me la trajo el mundo, me la puso delante de las narices, y es una esperanza que se diría que lucha por llegar a la cima de la colina, que el mundo entero conspira para ayudarle a llegar, no parece una esperanza que deba ser arrastrada colina arriba si no una que me pide ayuda para llegar hasta allí y poder entonces transmutarse en promesa cumplida.

Y, vivo estos días, estas semanas, que terminaran si sale bien siendo unos meses y si sale mal quizá ya la próxima semana embargada por lo que está pasando. Con mis poros abiertos, todos ellos, a esa esperanza cual si fuera yo lagartija al Sol. Y, escucho ese sordo ruido que tan lejano parece de mis huesos clamando su dolor, pero dejándome calentar por el Sol. Si me sale mal, que espero que no, al menos habré ganado ese poco de Sol, yo que ya solo sabía vivir bajo la sombra entre las grietas de la tierra. Y, si me sale bien entonces habré conquistado mi derecho a no tener que volver a esconderme del Sol. A dejar de ver un infierno en la esperanza. Así de sencillo.

En fin, que algo anda pasando y yo ando más en eso que en mí. Por lo tanto nada hay de raro en que el blog lo denote.


domingo, 19 de junio de 2016

Hay bellezas y bellezas

Lo que voy relatar aconteció esta misma noche en la que ahora lo escribo, pero ignoro cuando lo publicare, puede que tarde en llegar el día y puede incluso que esta entrada pase a formar parte de mi colección personal de entradas autocensuradas, que no me para de crecer.

Ocurrió entre dos mesas de una misma terraza, en un local de donde vivo. En una de ellas había un grupito sentado, otro en la otra. Hombres y mujeres. Alguno alegre con ayuda del alcohol y muy poco amigo de encadenar la lengua, usuario hacía un momento de una de las mesas y ahora sentado en la otra va y le suelta un piropo, en plan informativo y buen rollo, a una de las mujeres de la otra mesa, literalmente fue algo como “tal, estas igual de guapa que siempre”. Pero, antes de seguir, hay que enmarcar esto en su contexto.


No fue un piropo al uso, tal te lo puede soltar un desconocido cuando te lo cruzas en la calle. La chica aludida, la voy llamar así pese a estar ya a solo dos pasos de los cincuenta, fue en su momento, durante mi adolescencia, un modelo de mujer en el que por diversos motivos, no solo esa belleza, nos miramos muchas y me consta que no fui la única que se dijo a si misma “yo cuando sea mayor quiero ser como tú”. Era alguien, y sospecho que lo sigue siendo, que polariza, por algún para mí inescrutable motivo, las reacciones de la gente hacia ella, son muchos, pero muchos y muchas, las que se sienten impactados ante ella o bien positivamente o bien negativamente y lo sabe. Nunca he sabido de nadie ante quien sea tan fácil perder la neutralidad como lo es ante ella. Sea como sea todo esto parece guardar relación a la vez con su belleza física, mera lotería de los genes, y su personalidad, puro merito suyo; otra en su lugar, con ese mismo tipo de belleza, desde luego no impactaría de esa forma.

De que modo reacciono esa chica al piropo no lo puedo decir, pues la melena de una tercera mujer me impedía ver su cara y nada dijo, en momento alguno al respecto, pero me parece poder deducir, por la reacción de la amiga, y de modo consecuente con la intención del hombre, que lo hizo de modo positivo, alegrándose de oír lo que estaba oyendo. La amiga reacciono reconociendo que el hombre tenia razón, pero dijo algo más que me choco, afirmo que eso era natural ya que las mujeres cuanto más avanzan en edad más hermosas se vuelven, e insistió una y otra vez en ello, en lo uno y en lo otro, piropeando ella a su vez de ese modo a la chica. Y, durante un momento ambos, la amiga y el hombre alegre, se intercambiaron mensajes reiterando lo afirmado, de un modo que me parece que salvo a otra mujer que también estaba alegre a todos, incluida la propia chica supongo, nos sonó aquello a un “nos parece que te va hacer bien saber que nosotros, pese a tu edad, te seguimos viendo como un paradigma de belleza”, vamos que tenían aquellos piropos un descarado olor a piropos compasivos, bien intencionados, y no creíbles aunque sí, cosa curiosa, sinceros y honestos.


Quise entonces intervenir, pero por motivos que me voy callar guarde silencio. Pero aquí, ahora, en mi dormitorio, escribiendo en la soledad soy libre para decir lo que pienso. Y, lo que veo.

Veo una belleza que en gran parte se conserva y en gran parte y a pasos agigantados se va perdiendo. Pero es esa una belleza que no debiera importar perder cuando la menopausia te comienza a guiñar el ojo y te envía un mail que te dice espera que voy. Ese tipo de belleza es un truco genetico, para atraer parejas que faciliten la reproducción de los propios genes, nada, aboslutamente nada dice de lo que la persona es o deja de ser en cuanto tal, es un mero acto publicitario en plan “hagame el favor y fijese usted en los muy sanotes hijos que le puedo dar”. En el mejor de los casos es mero síntoma de salud. Yo no voy mentir, ella la está perdiendo, quedando vestigios poco a poco de lo que fue, y aun sigue siendo, por ahora, en gran medida. Pero hay otras formas de belleza y esas si que importan. Una de ellas no se pierde, nunca, con la edad pero tampoco se aumenta con ella, la tercera en cambio aunque tampoco disminuye con la edad si que puede aumentar y muchísimo con ella.

En todos los seres humanos, y no solo en los humanos, anida la belleza. La belleza de lo insondable, de lo profundo, del misterio. De lo que somos y nadie salvo nosotros puede ser. Es la belleza de la vida misma hecha ser. Un ser que puede y necesita desarrollarse, crecer, evolucionar, respirar, capaz de sentir, ver, hacer. Inmensamente grande y a la vez inmensamente pequeño somos cada ser humano y ese contraste es la mayor maravilla. Aunque no todo el mundo es capaz de percibir esa belleza, nadie hay que carezca de ella, ni nadie hay que la pueda perder. Al igual que la primera belleza nace con nosotros, pero al contrario que ella permanecerá en nosotros hasta el momento mismo de nuestra muerta. No hay belleza mayor, mienten los filósofos que afirmen lo contrario, como mentir mienten los poetas que lo osen negar.

Esa pienso es la belleza que ha descubierto la amiga en la chica, ve la maravilla que es el mero hecho de que esa mujer exista tal y cual ella es, con todo lo bueno que pueda haber en ella, pero incluso con todo lo malo que en un momento dado pueda también haber, simplemente ella es, ese ELLA lo es todo, es la meta misma de la vida y también su cuna. Por su sola existencia ya vale la pena que exista el universo.

Esa es la belleza que por instinto conocen las madres de sus hijos. La que nos enseña a amar a la vez que solo amando conocemos.

Pero aunque la amiga se la conozca esa belleza no crece con los años, pues es absoluta. Pero hay una tercera belleza...

Si la primera belleza eso solo externa y la segunda mencionada puramente interna a la persona, la tercera es a la vez interna y externa. Por eso, por regla general, cualquiera es capaz de percibirla. Es consecuencia de la segunda, de cuando la persona, lo que realmente es, busca, necesita, actuar en el mundo, siendo parte de ese mundo, de modo tal que siembra el mundo y a la vez se deja sembrar por él. Nace del modo en que la persona abre su mirada al mundo y es el modo en que lo aprende a mirar, a mirar a lo demás, a los otros y a uno mismo. Esa es la belleza que sí es capaz de evolucionar y crecer con cada día que vivimos y cada aliento que nos alimenta. Pienso que esa es la belleza de la que la amiga trataba de hablar, aunque seguramente desearía aun hablar más de la belleza interna, la que radica en el hecho de ser la chica simplemente quien es, el mayor misterio del universo, aquello por lo que todo el universo adquiere justificación, pero es esa una belleza que no cabe en palabras, ya que todo lo trasciende, imposible nos es hablar de ella y expresar algo que no sea solo sombras cuando es del mismo Sol de lo que queremos e intentamos hablar.

 Pienso que si una mujer es capaz de despertar esa amistad en la otra, en la amiga, una amiga que exhala belleza interna y a la que basta mirar para que más de un dolor se te calme en el alma y más de una herida se te lave y parezca cerrar en la vida...

Pienso que si una persona como esa te encuentra bella es que necesariamente lo tienes que ser.

… Y, pienso, que una chica, a la que vi cuando aun era en efecto una chica, mucho hace ya de ello, llorar a escondidas la injusta e innecesaria muerte de unas personas cuyo nombre y rostro jamás conoció, pero de cuya suerte supo, con el alma rasgada y hasta el tuétano herida, es por supuesto hermosa, sin que los días o los años se lo puedan negar y ella aunque no lo sabe fue en un tiempo, para mí, escuela de vida, gracias a ella soy hoy mucho más hermosa de lo que lo podría haber sido jamás sin ella.

Eso es lo que me hubiera gustado decir entonces, pero guarde silencio y tenia mis razones.

viernes, 17 de junio de 2016

El destino, la vida y nosotros

El destino es el producto resultante del interactuar de lo que cada cual es con el conjunto del universo, incluido en ese conjunto la parte que somos de él, es decir ese modo particular que cada cual tiene de ser y es que el destino incluye no solo el modo en que un ser humano interactua con lo que no es él mismo si no también el modo en que lo hace consigo mismo.

El destino es inevitable, pero no por ello conocible de antemano, pues para ello se necesitaría saber de antemano todo sobre el universo, sus fuerzas y las particularidades de cada cual.

Mi destino ya esta escrito, fijada incluso la hora de mi muerte y cada instante hasta entonces. Pero eso no niega mi libertad. Ni la afirma. La libertad es cosa curiosa. Palabra confusa al ser usada, por lo general, de un modo confuso.

Antes de que yo naciera el universo ya existía, lo continuara haciendo cuando yo ya no esté. Tiene sus leyes, a las que se encuentra sometido y a la vez a todo somete a ellas. Yo no puedo ser una excepción. Vivo bajo la misma ley que él y a él sometida. En esto no soy libre, no cabe tal libertad. No soy libre de alcanzar la luna de un salto ni de volar sin alas o vivir sin respirar. Toda mi vida está sometida a la ley de ser, hasta los dioses le están sometidos. No soy libre de elegir la familia en la que nací, ni los genes que me trajeron y traje al mundo. No soy libre de decidir que me va traer o no mañana la vida, ni lo que me traerá siquiera el próximo segundo. Pretender ser libre en ese sentido es como intentar, querer, agarrar con las manos un triangulo de cuatro lados, puro desvarió.

Pero soy libre, enteramente libre, para decidir reaccionar de un modo u otro ante lo que la vida me aporta, me trae, me hace, me ofrece, me deja vivir. La vida, eso, no lo puede decidir por mí.

Hay pues, en toda vida, un reino de la necesidad, de lo inevitable y otro reino, el de la libertad. Cuando vivo reacciono ante lo inevitable dando lugar de ese modo a un resultado que depende tanto de lo inevitable como de mi pura, simple y llana libertad. Por ello el destino de cada cual no es nunca resultado de nuestra mera libertad, como tampoco consecuencia de lo inevitable sin más. Pues mi propia libertad es inevitable, y no existe el destino sin contar con ella.

Sí, el universo me marca que es lo que la vida me va ofrecer, pero soy yo la que decido de todo eso que es lo que voy materializar y lo que no. Y, al final, de todo ello, aquello que materialice eso será mi destino. No somos hojas muertas mecidas al viento.

Por eso es tan importante saber lo que la vida me ofrece, conocer las leyes de la existencia, del ser, del universo, de la vida. Sin ese conocimiento decidiremos desde la ignorancia de lo que hay, y será entonces nuestra decisión una mera apuesta hecha a ciegas. Por eso la vida, para aquel que comprende tales cosas, es una permanente búsqueda de conocimiento, de luz con el que penetrar las tinieblas y un palpar en ellas cuando nos falte luz, es un luchar por abrir los ojos y ver que hay delante nuestro, un mirar bajo las piedras por ver que se esconde allí. Solo el conocimiento nos permite ejercer nuestra libertad con un grado lo más bajo posible de mero azar. Por ello solo desde el conocimiento podemos afirmar que somos libres. A mayor conocimiento mayor es la libertad de acción, es así de sencillo. Pero esa libertad nada nos garantiza, nada salvo una cosa, que la decisión que tomemos será probablemente la más acertada para el logro de nuestros propios fines.

Por eso es tan importante la llamada plegaria de la serenidad:



         “Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar,
fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar
y sabiduría para entender la diferencia”


… Qué expresa un modo de entender la vida que ya se hallaba presente en la filosofía y religiones paganas, pero que con diferente matiz ha sido desarrollada y aceptada también por otras formas de religión e incluso adoptada por muchos ateos.

Y, esto nos lleva a dos cosas:

Una es a saber rendirnos, sin vergüenza, cuando vemos que llega el momento de rendirnos.

Otra es a jamás rendirnos, mientras quepa esperanza, por pequeña que sea, de victoria.

No hay deshonor en la rendición cuando ya no hay esperanza. Hay incluso honor en ella. Más no hay honor si nos rendimos cuando aun albergamos esperanza de victoria.

Hay que saber aceptar nuestro destino, cuando somos derrotados, como hay que saber luchar para que este sea lo que deseamos que sea mientras aun nos queden oportunidades y fuerzas.

Luchar pues, mientras nos quede aliento para ello y quede una oportunidad para ese aliento. Más si hemos sido vencidos, si ya de nada nos sirve nuestro aliento o ni nos queda aliento, entonces, pero solo entonces rendirse, pero rendirse con la mirada al frente y la cabeza alta de quien sabe que ha hecho todo lo posible por vencer. Luchar pues, pero luchar con los ojos abiertos. Con el corazón caliente y la mente fría.

jueves, 26 de mayo de 2016

El amor no basta

Llega y no me dice nada, su poca locuacidad no existe conmigo, por eso sé que algo pasa. Toma un periódico, se sienta, espero y le termino sirviendo un café, y vuelvo a esperar y sigo esperando y continuo esperando y nada, ni una mirada, ni una sonrisa, ni una palabra. Se levanta por fin, se acerca, deja el periódico en su sitio, no me mira, busca en sus bolsillos y es entonces cuando le pregunto que pasa. Y, en efecto algo pasa.

Viniendo para el pueblo, camino del coche, se cruzo con ella. Esa ella es una muchacha a la que conoció un poco en un hospital en el que trabajaba él, la chica llego allí por un accidente de trafico.
Los médicos hablan con los padres, la operación es complicada, mucho y de ella depende que la muchacha pueda o no volver a caminar. Por suerte, les cuentan, hace poco que ha vuelto un joven cirujano de especializarse en el extranjero de una novedosa técnica para realizar esa operación, técnica que multiplica y por mucho las posibilidades de éxito en la operación.

Pero los padres que dicen estar bien informados, muy bien informados, saber que el mejor cirujano allí era el que era, un hombre ya de largos años de oficio y merecido renombre y no un jovenzuelo que no parecía tener muchos más años que su propia hija, que bajo ningún concepto estaban ellos dispuestos a permitir que el cirujano que la operara no fuera el mejor, más tratándose de algo tan delicado.

Llaman entonces al cirujano en cuestión, que les escucha y les dice lo mismo. Que él esta ya, les dice, a punto de jubilarse, que ha salido una técnica nueva, mucho mejor que la que el conoce, que dado que se jubila y que había un cirujano joven muy prometedor se envió a ese a estudiarla y practicarla hasta dominar la susodicha técnica nueva, que ahora el podrá enseñar a otros aquí, pero que de momento es el joven, aun él único que la conoce bien y que de hecho el anciano pese a todo su renombre, dado que aun no conoce la nueva y quizá ni le de tiempo a aprenderla antes de la jubilación, si operara a la hija la tendría que operar con una técnica ya vieja y mucho menos segura.

Pero los padres siguen empeñados en que sea él y no el joven quien la opere. Dicen que allí, en el mismo hospital trabaja una tía de la chica como enfermera y que saben por ella que el mejor es el anciano.

Llaman entonces a la tía y a ella lo mismo que han contado le vuelven a contar los médicos. Y la tía recomienda entonces a los padres que la opere el joven, los padres la escuchan escandalizados por lo que consideran traición por parte de la tía. Y, se niegan y vuelven a negarse y siguen negándose a permitir que nadie salvo el que consideran mejor opere a la chica. Los médicos al final desesperan y la opera el anciano.

Quizá pudo salir bien, quizá de haber operado el joven también saliera mal. Pero de haber sido el joven las posibilidades de haber salido bien habrían sido muco mayores.

Puede que la historia que acabo de contar sea falsa o no, quizá es mi modo de relatar como unos padres, bien intencionados, le niegan una vacuna a un hijo, pensando que es un mal la vacuna, y no mucho después el hijo muere por la misma enfermedad que la vacuna le habría evitado y toda España se entera, no hace muchos meses de ello. O puede que no sea eso, que sea simplemente esa la forma en que prefiero relatar algo que he visto ocurrir más de un par de veces en mi propio entorno. Que se equivoca y tremendamente todo aquel que diga que lo que hagas por amor bien hecho está. Al fin y al cabo y como decía mi abuelo de buenas intenciones esta asfaltado el camino al infierno.

Y, es que...
No basta con abrir el corazón, hay que saber abrir los ojos.

jueves, 19 de mayo de 2016

Acerca de perspectivas, misterio y realidad

Hay un cuento, pienso que de origen sufí, que relata una historia que como todas las de ese origen es verdadera y además ocurre unas mil veces y aun más cada día y en la cual solemos vernos involucrados los humanos.

Dice la historia que en cierta ocasión un rey envió como regalo un elefante a su vecino el rey de los ciegos. El rey de los ciegos quiso saber que clase de animal era ese que su vecino le había regalado y envió entonces a sus ministros a palpar el animal para que le dijeran lo que el animal era.



Los ciegos ministros palparon y el que palpo una pierna declaro que era el animal como una columna, pero no de piedra o madera si no de cálida piel; otro, el que palpo la trompa afirmo que de eso nada, que el animal era como una serpiente grande y gorda. Más él que palpo una de las orejas los desmintió a los dos ya que noto que el animal era como una bandeja, aunque no de plata si no de carne. Hubo otro que fue el tronco del animal lo que palpo y por ello dijo que en realidad el elefante era como un gran muro, uno pared, de carne y hasta hubo uno que palpando la cola hizo saber al rey que el elefante en realidad era, como había dicho el segundo en hablar, una especie de serpiente, pero no gorda y larga si no más bien corta y de un grosor no mayor que su dedo gordo del pie derecho.

Esa historia tiene diferentes lecturas según la perspectiva desde la que se la lea, pero la que me interesa aquí es la de que la realidad es tan compleja y la vez simple que nos comportamos ante ella como esos ciegos, palpamos algún aspecto de ella y con frecuencia confundimos ese aspecto con la realidad misma. Todo tiene como mínimo su envés, nada es en esencia tal faceta suya y no las otras, somos, la realidad es, un todo.

Por eso colecciono perspectivas, las atesoro y nunca me canso de sumar más. Cada una de ellas me acerca un poco más a entender la realidad, aunque no hay ninguna suma de ellas que me pueda resolver el misterio. No del todo al menos, pues siempre quedan otras facetas por descubrir y a veces entre en las ya atesoradas descubro una equivocada, la de alguien que palpando por despiste los bigotes del rey creyó estar palpando al elefante.

En fin, el caso es que cada vez que encuentro alguien que pienso que me puedo ofrecer una perspectiva nueva, y correcta, monto una fiesta tal, para celebrar tal fortuna, que me puede durar una semana entera o más.

miércoles, 11 de mayo de 2016

La muerte me enseña a amar

Dado que nací todo me indica que algún día, más pronto que tarde, moriré. Mi muerte y yo somos viejas compañeras de camino, que aun no nos hemos encontrado frente a frente, no del todo al menos, pero que el propio camino terminara haciendo que nos encontremos y me abrace ella y yo a ella. Tanto tiempo nos llevamos observando la una a la otra que hay ya una larga lista de cosas que he aprendido de ella y gracias a ella.



He aprendido a amar mejor, y a no confundir ese verbo con otros.

Recuerdo un consejo que daba un psicólogo, para ayudar a que los matrimonios no se terminen rompiendo. Aconsejaba a cada miembro de la pareja recordar, siempre, que el otro se puede ir y de esa forma se le puede perder. Eso se supone, y lo creo, que dado que queremos a la otra persona, y por ello, no la deseamos perder, ese nos motiva para dar a dicha persona todos los motivos que podamos para que no nos deje y ninguno para que nos deje. Me parece un sabio consejo, seguro que suele funcionar. Pero es un consejo basado en el querer, no en el amar.

La muerte me enseño uno mejor, uno para los que aman o están dispuestos, al menos, a llegar a amar. “Recuerda que algún día morirá”. Al hacer eso recuerdo que en efecto algún día se va ir, no solo de mi lado, si no de la vida misma, que sus días, sus horas, se habrán terminado. Entonces todos los velos con los que mi propia vida envuelve a esa persona se me van, ya no es la persona que me aporta esto o lo otro, de la que espero, pretendo, quiero, busco, esto o lo otro. Se convierte ante mis ojos simplemente en ella, con todo lo que eso implica, su piel no es ya la piel que yo amo, si no esa piel real, la suya, que suda y es capaz de pasar frío, que la envuelve y protege pero puede a su vez ser dañada, que contiene un universo entero que la trasciende, es esa persona, ella, que vive su propia vida, desde su propio ser y con todo lo que ello implica. Un milagro en si mismo. Pero un milagro que algún día, quizá pronto, quizá ahora mismo morirá y ya no estará a mi alcance, no a menos al alcance de mis propias particularidades y peculiaridades. Ya no le podre dirigir la palabra, ni la vista, ni ofrecerle la mano. Ya no la podré ayudar más, ni herir, ni tantas otros cosas...

… Y, es entonces cuando se convierte en sagrado cada instante en el que aun sí puedo dirigir a ella mis palabras, miradas y tiene mi mano forma de dar con la suya. Y, eso, al recordar todo eso, hace que todo lo que yo quiero, anhelo, espero, deseo, busco, para mi pierda peso y lo gane todo lo que ella quiere, anhela, espera, desea y busque. Entonces si estaba enfadada con ella, eso hace que el enfado se diluya; si quemaba puentes entre ella y yo, eso hace que los busque reconstruir. Pero no por un miedo egoísta a que me deje, por miedo a que venga ya la muerte y se la lleve y ya no la pueda volver a abrazar, no por miedo a quedarme sin sus abrazos, que lo tengo, si no por miedo a que se quede ella sin los míos, no por miedo a quedarme yo sin sus palabras, que lo tengo, si no por miedo a que se quede ella sin las mías, no por miedo a quedarme sin sus miradas, que lo tengo, si no por miedo a que se quede ella sin las míos, y temo entonces que mis palabras, mis abrazos y miradas no le aporten a ella lo que pueden y por ello me las miro y remiro buscando hacer de ellas que sean lo que ella necesita, del modo en que lo necesita.

A eso me enseña la muerte a amar mejor. Y, otras cosas me enseña que hoy me voy callar, pero de todas es esa la que más valoro.

domingo, 1 de mayo de 2016

Hablando sobre la muerte

Temo que nos hemos pasado. Él y yo.

Fue una irresponsabilidad por nuestra parte continuar la conversación cuando nuestros interlocutores ya habían dado pruebas de no estar preparados para lo que contábamos.

Ya no soy capaz de recordar como comenzamos a hablar de la muerte. Pero resulta que ese es uno de mis temas favoritos y de hecho dos de los pocos comentarios que por el momento he dejado en algún que otro blog se debieron a eso. Para mí la muerte es muchas cosas, entre ellas una maestra. Me enseña a vivir mi vida, a no desperdiciarla y a ver las cosas con serenidad y perspectiva. Incluso me enseña a amar aun más y mejor a la gente que amo.

Pero cuando me encuentro, por ejemplo, ante un hombre de unos cincuenta años que me dice que no soportaría la muerte de su hermano pequeño si esta se presentara...

Que no la desee y le duela eso lo entiendo, por supuesto, pero que diga que no la soportaría eso me descoloca, no lo comprendo y menos cuando lo trata de explicar diciendo que es antinatural que un hermano entierre a un un hermano pequeño.

Ya no recuerdo que filósofo dijo una vez que las guerras son indeseables pues es antinatural que los padres entierren a los hijos. Eso lo puedo entender, aunque me parece una licencia meramente literaria, pura oratoria de masas, el llamar antinatural a lo indeseable. La guerra es indeseable, digo yo, por la sencilla razón de que es indeseable que se produzcan muertes por estúpidos caprichos de indeseables.

Pero que un hombre de unos cincuenta años llame antinatural a la muerte de un hermano solo por ser un puñado de años menor que el primero y ya haciendo una treintena de años que dejo la adolescencia atrás y no digamos ya la infancia....

 
Me parece profundamente inmaduro. Prueba de que estoy ante un niño y no un hombre. Ante alguien que ha tenido tiempo más que de sobra para hacer los deberes que la vida le pide al respecto, pero que aun así aun no los ha hecho.

Al ver eso debí parar y debí parar y debí parar, pero ni yo ni mi amigo lo hicimos y continuamos la conversación, sin percatarnos de que estábamos hablando a niños de cincuenta años.

La muerte de un ser querido impone en los seres humanos algo que en psicología se llama duelo. En la actualidad el duelo está siendo estudiado y se ve que es un proceso natural a través del cual pasa la persona para poder readaptar su vida a las nuevas circunstancias. Es doloroso, amargo, pero necesario. Y, es un proceso que atraviesa una serie de fases características de él.

El duelo es un trago amargo, pero inevitable si queremos estar adaptados a la vida. Pero hoy en día parece que le huimos, con lo cual poco bien puede hacernos. Nos empeñamos en vivir sin asumir la mortalidad, posponiendo aceptar ese hecho por lo desagradable que nos resulta y de ese modo cuando se presenta nos pilla sin la madurez necesaria para adaptarnos a ello. Ya no sabemos morir.

Por eso cuando la muerte llega nos golpea de un modo mucho más brutal, y es que hemos perdido nuestra capacidad para asumir nuestra condición de humanos.

Ese día debimos callar, necesitaban y mucho asumir nuestras palabras, aunque les dolieran, pues si bien oír las palabras y asumirlas hace daño a cambio aprovecha más que daña por ser el camino para prepararnos para lo que algún día llegara y más nos vale que nos pille fuertes y preparados. oír las palabras, cuando no se asumen, en cambio solo hace daño, producen el desgarro y no lo curan.

Debimos callar. Pero es que hasta ese día los habíamos visto como adultos, sus cincuenta años nos lo exige, y no supimos ver o si vimos pero no dimos asumido a tiempo que estábamos en realidad ante dos inmaduros.

domingo, 24 de abril de 2016

En noche oscura de naufragios

Hace media hora que se le ha servido la cerveza y aun la tiene sin tocar, habla entre risas pues ese hombre parece solo saber hablar de ese modo. Y, habla de una noche oscura, de barco naufragando y el mar queriendo tragárselo y de como él, ateo como es, rezo.

Vivo en Galicia, en la costa, donde buena parte de los hijos de los marineros son a su vez marineros y con la leche que mamaron del pecho de sus madres ya se les hizo ver, saber, vivir que la patrona de los marineros es la Virgen del Carmen.

Hay otras vírgenes, la Virgen del Pilar, la Virgen del Azogue, la Moreneta, la Virgen de Fátima, la de Lourdes, etc. Pero solo la del Carmen es su patrona, ninguna otra y jamás la confundirán con otra. Solo ella les escucha y solo a ella rezan cuando el mar se quita la dulce mascara y se pone bravo.

Toda mujer de costa comprende eso. Bien sabe diferenciar entre la mar, esa señora, que alimenta a su familia y le permite ver crecer a sus hijos en relativa seguridad y el mar, ese dios sin piedad, que se cobra los dones que regala la mar a un precio desorbitado. Las madres, las hermanas, las hijas, las esposas y hasta las vecinas saben que cuando se ve a un marinero embarcar no es posible saber si se le volverá a ver desembarcar. “No te cases con marinero, niña mía” me decía una vecina a la que el mar se le llevo un hijo y ya no lo devolvió.

Me da igual lo que digan los teólogos en el Vaticano, y a ellos y sus familias aun se lo da más. No se reza a la Virgen del Carmen para que eche a correr y suplicar a Dios salve, este, al marinero. Los teólogos dicen que sí, que es eso lo que se hace, solo Dios tiene el poder de obrar milagros, la Virgen solo el de interceder. Pero en momentos difíciles, cuando ves que el mar se te va tragar no hay tiempo para tales florituras. Se reza a la Virgen para que obre el prodigio, para eso y por eso existe, para obrar el milagro que salve al condenado. Ella es las madres de todos los marineros habidos y por haber hecha una.



Eso es lo que maman de niños, lo que interiorizan, lo que recuerdan incluso cuando parece que no lo recuerdan. Nada saben ellos de teologías, ni conocen la del Vaticano ni mucho menos la mía. Pero saben que en la soledad del mar hay alguien que nunca les deja estar del todo solos.

Y, aun así a veces no regresan y queda la casa vacía de ellos.