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domingo, 31 de marzo de 2019

Somos animales sociales

Es una noche rara esa en la que ella y yo coincidimos y terminamos por hacernos mutuas confesiones.

En un momento dado, ya cerca del final, ella me dice que es “animal de manada”, que siempre a donde quiera que ella va trata de encontrar allí una manada en la que integrarse. A mi vez le confieso que también yo soy animal de manada, pero que al contrario que ella jamás he encontrado a mi manada y que a estas alturas de mi vida ya no cuento que algún la encuentre. En sociedad siempre me siento como pulpo en un garaje. Que sienta aprecio, y muy fuerte, por la humanidad no me impide sentirme como E.T., perdida y atrapada en ella.

Puede que todo ello sea consecuencia de lo ocurrido en mi infancia. En la infancia la cultura en la que vivimos nos dice lo que debemos creer sobre lo que somos, lo que son los demás, lo que es el mundo, lo que es la vida, lo que se debe pensar y como, sentir y como, y hasta lo que se debe hacer y como. Que es lo que debemos desear, soñar, buscar.

Pero para que eso funcione hace falta fe. Fe del niño en los padres, en los profesores y/o en los sacerdotes. Y, mi fe, cuando la tuve me duro bien poco. En padres y maestros pronto la vida me la rompió y en los sacerdotes ya ni llegue a tener tal cosa.

Pero todos necesitamos una cultura, y del mismo modo que niños solitarios generan un amigo imaginario con el que jugar yo genere toda una cultura imaginaria para vivir, una sociedad imaginaria a la que pudiera comprender y respectar y hasta una familia imaginaria en la que sentirme arropada.

Por eso las palabras de mis padres, de mis profesores, la de los sacerdotes me arañaban la piel pero no me calaban hasta el tuétano de mis huesos como sí calaron a los hijos de mis vecinos. No existe ningún lugar del planeta Tierra donde esa cultura mía exista, salvo bajo la planta de mis pies.

Por todo ello mi forma de sentir, ver, pensar y obrar estoy condenada a que la viva en solitario. A vivir entre gente que no tiene forma de entenderme.

Decía Aristóteles, un viejo filósofo que los seres humanos somos por naturaleza sociales y que por lo tanto un ser humano que no necesite a la sociedad es en realidad o bien un monstruo o bien un dios, y yo no soy ninguna de las dos cosas, ni soy un monstruo ni soy un dios. Pero por mucho que ame, que lo hago, a la humanidad yo humana no me siento. No sé lo que soy, pero eso no. Al fin y al cabo lo que me ocurrió en mi infancia le ocurrió, de un modo u otro, a todo el mundo en la suya, pero a ellos, a todos vosotros, eso no os hizo perder la fe, ni en vuestros padres, ni en vuestros profesores, ni en vuestros sacerdotes. Jamás entenderé que no la perdierais, como vosotros, imagino, nunca comprenderéis que yo la perdiera y lo que es aun más importante que me alegre que la haya perdido aunque tenga que vivir sin manada por mucho que la eche de menos y es que solo de esta forma soy lo que realmente soy. En realidad la soledad no es tan terrible una vez aprendes a vivir en ella. En cierto modo solo en la soledad somos realmente libres, pero esto es asunto ya para tratar en otra ocasión y si es que esa ocasión llega.



En fin, que soy animal de manada, que no de rebaño, pero mi manada no existe. Quizá, puede ser, exista en otro espacio, en otro tiempo, pero, seguro, no en el mundo que habito. La humanidad de la que tanta necesidad siento aquí no la hay. Dicen viejos sabios chinos que quien pretende mejorar el mundo lo empeora, eso incluye a la humanidad, la humanidad es una especie animal y es la naturaleza la que la ha hecho ser lo que y como es. Buscar una humanidad diferente es perseguir un imposible. Yo no la puedo cambiar, ni debo, ni quiero, pues también ella tal y como es tiene derecho a existir. Es solo que sigo echando de menos a mi gente, anda muy hambrienta de ellos y pese a ello vivo ya sin esperanza alguna de satisfacer jamás esa hambre mía. Por ello vivo una vida que se puede resumir toda ella en una sola palabra. Soledad.

No pasa nada, simplemente ocurre que esto es lo que hay.

jueves, 21 de diciembre de 2017

En la noche, oscuridad y silencio

Es en la noche, como ahora, cuando todo es silencio y oscuridad, cuando la luz no es otra cosa que un puñado de luces, débiles y sitiadas por un mar de negrura que las amenaza y acosa, es entonces, cuando alzar la voz suena a blasfemia, que siento lo que ahora mismo siento. Siento entonces que en lo más profundo de mi alma brilla una luz que ilumina sus bordes y es bajo esa luz que siento algo que muy rara vez siento. Siento que todo esta bien y que el mismísimo Universo sonríe y esa sonrisa me cala hasta los huesos. Y, siento entonces, como siento ahora, que todo mal, todo sufrimiento, toda angustia y todo dolor están justificados en su existencia, pues el Universo no es otra cosa que la lucha eterna entre la justicia y la angustia, y ni los dioses pueden hacer que sea de otro modo. Pero que la lucha sea inevitable y mil derrotas se vivan cada día y mil más y otras mil y aun más, no significa que de igual de quien es la victoria y de quien la derrota. 



En este mismo momento que esto escribo o alguien me lee hay incontables animales que están siendo devorados vivos en las fauces de otros animales que lo necesitan para sobrevivir. Y, se que en este mismo momento hay madres que están enterrando a sus hijos y tantas o más madres que no tienen pan suficiente para llenar la boca de esos hijos. Sé que en este mismo momento hay multitud de seres humanos escondidos, perseguidos, rezando para no ser encontrados, pasando frio, miseria y miedo por capricho paranoico de otros humanos. Sé por supuesto eso y más de mil cosas más, muchas de ellas peores aun que esas. Claro que lo sé. El espíritu de la Angustia es poderoso, inmensas son su fuerzas, terrible su poder y no hay mortal que no conozca su dentellada, yo le conozco bien, somos viejos enemigos él y yo. Que su existencia y labor sea imprescindible para que el Universo, la vida y nosotros mismos existamos no significa, para nada, que nos llevemos bien él y yo.

Cuando en la noche toda frontera tiembla, se difumina, se disuelve, por efecto de ese silencio, de tanta oscuridad, es entonces sí, cuando me parece toda angustia justificada pero para nada me parece por ello menos combatible. Pues si necesaria es la Angustia también necesaria es la justicia y la lucha entre ellas trae en ocasiones amargos frutos, es verdad, pero en otras son dulces sus frutos y es en noches como esta que también siento la llamada más que nunca a tratar de morder la yugular de mi vieja enemiga, a segar de raíz su fuerza, a demoler hasta a su misma sombra. Anhelo castrar su poder, someter su devenir a un yugo que obligue a toda su fuerza a sembrar trigo en vez de cizaña.

Es en noches como esta que siento a Mitra más cerca. Cuando menos me importa ser derrotada, pero es también cuando más me importa tratar de vencer una o dos escaramuzas, alguna que otra batalla, salir airosa de alguna campaña. No busco la victoria absoluta, se que ni los dioses la pueden esperar, busco las pequeñas cosas, esas victorias pequeñitas que puedan estar a mi alcance, lograr que el reino de la angustia sea un poco más pequeño de lo que sera si no ayudo a quitarle un trocito a su imperio.

Si soy derrotada el Universo continuara sonriendo, el no puede tomar partido, es fruto del combate y no parte de él, y yo, entonces, vencida, me refugiare en su sonrisa para que la derrota me duela menos. Si salgo victoriosa entonces seré yo la que lo invite a él a participar de mi sonrisa.

El 24 de Diciembre se encuentra ya a las puertas y vendrá la noche en cuyo momento más oscuro va nacer el alba del 25 de Diciembre. Entonces, como cada año, celebraremos el nacimiento mítico del dios Mitra. Esta vez, como suele ocurrir cada año, llegare a esa celebración un poco menos tonta y menos ignorante que como llegue el año anterior, esa es ya una victoria. Pero tengo hambre de más.
De mucho más, sobre todo en noches como las de hoy, en las que el Universo sonríe y todo parece estar bien, pero parece también que aun puede estar mejor a poco que le ayudemos.

viernes, 25 de noviembre de 2016

ser rara

Una conversación de un lado a otro de la barra, una camarera y un cliente, una tarde cualquiera, casualmente la de ayer. En un momento a media conversación le digo que soy rara y ocurre lo que con frecuencia ocurre cada vez que lo digo a alguien que me tiene aprecio. Se me queda un segundo mirando, como queriendo asegurarse que la barbaridad que dije es en efecto la barbaridad que dije. Y, tras el segundo llega la negativa, no, de eso nada, yo no soy rara me dice y me lo dice con la misma voz con la que defendería la inocencia de una hija.

Normalmente le daría por imposible y no le haría ningún caso, cambiaría de tema y simplemente añadiría este a los varios que no se puede hablar con él, que son pocos. Pero resulta que a esta persona la tengo en muy especial aprecio. Quiero que me comprenda y por lo tanto insisto, sí soy rara, pero él que es inteligente y sigue dispuesto a hacerme creer que no sabe, por mi insistencia, que para convencerme va tener que recurrir a argumentos, lo encuentra en seguida, “todo el mundo es raro”, me dice.

Me duele que recurra a eso, aparte la vista dolida y le dije que por favor no me ofendiera. Pero no sé si me entendió. Me duele que la gente que aprecio, en especial, use conmigo argumentos que ellos mismos saben falsos y me ofende que esa gente, otra me da igual, consideren que, por aprecio a mi persona, hay que negar que soy lo que realmente soy aunque para ello haya que recurrir a una mentira.

Es cierto que todo el mundo tiene sus rarezas, que cada cual posee sus manías, que cada persona es un mundo, pero eso no es ser raro. Y, él lo sabe.

Le trate de explicar que ser raro no es cosa mala de ninguna clase, pero no escuchaba, en lugar de ello trataba de dar con nuevos argumentos con los que sacarme de la cabeza que soy lo que no quiere que sea aunque le encante que lo sea.

Entonces recordé un experimento de psicología social del que una vez me hablo otra “rara ave” que habita en estos lares, un experimento que a él y a mí nos asusta pues demuestra que los seres humanos tenemos instinto de rebaño.


Experimento conformidad e influencia social en... por anabaez_
http://dai.ly/xnwmhl

Es de ese instinto de rebaño de donde nace la capacidad humana, aunque no solo de ello, para dejarse manipular hasta el punto de que los pueblos van a la guerra aun cuando sus propios soldados y aun más sus madres no quieran la guerra.

Es esa voluntad de ser rebaño lo que hace posible los totalitarismos, primero el totalitarismo religioso, ese que te dice que todos tenemos que creer lo mismo a lo que mal llaman universalismo (yo llamo universalismo a lo contrario, a aceptar que no todos opinamos lo mismo) y luego añade que aquel que no opine lo mismo que ellos es un mal sujeto al que debes eliminar; luego, cuando historicamente la sociedad quedo tan absolutamente hastiada de ese seudouniversalismo intolerante, nació un sano escepticismo y amor por la libertad de pensamiento que nos costo muchas vidas defender, pero por desgracia no lo hemos defendido lo bastante como lo prueba que el ateísmo nacido de ese totalitarismo ha plagiado sus modos en ideologías totalitarias previas. Es ese instinto de rebaño lo que eleva a los altares la “posesión” que dicen tener algunos de la verdad y que termina pariendo, aunque no sin ayuda de otros factores, fenómenos sociales como la Alemania de Hitler o la Rusia de Stalin. Ese mal llamado universalismo cuando va de la mano del nacionalismo o del racismo puede hacer referencia a solo una parte de la humanidad, pero sigue teniendo pretensión de verdad indiscutible y voluntad de arrasar con todo el que opine de otro modo o simplemente se queden fuera de su “universo” particular. Ese tipo de universalismo le tiene fobia a la diversidad del universo y por ello pretende dominar lo universal amputandolo, es decir acabando con la parte del universo que no les gusta. Eso, insisto, no es verdadero universalismo.

Por lo tanto que la mayor parte de la gente que me aprecia reaccionen “defendiendome” cuando les digo que soy rara me asusta y más en los tiempos que corren.

Por supuesto ser raro no es garantía de nada. Que el oro sea raro no significa que todo lo raro sea oro, pero de una cosa podemos estar seguros y es que solo lo raro puede ser oro.

La especie humana necesita ser diversa, pues es esa diversidad la que nos permite explorar territorios, realidades, aspectos, vías, perspectivas novedosas. Es la gente “rara” la que nos ha regalado la filosofía de la antigua Grecia, raros eran los primeros liberales que arriesgaron la vida luchando contra el despotismo de su época, raros los cuáqueros que osaron enfrentarse al sistema esclavista entonces imperante, raras las sufragistas gracias a cuya lucha hoy las mujeres, en los países al menos medianamente civilizados, tienen reconocido el derecho a voto y así todo un largo etc.

Por lo tanto, yo que soy rara estoy orgullosisima de ello. No nací para ser oveja. ¿Queda claro?. ¡Pues eso, que soy rara y a mucha honra!

Por suerte para mí he nacido en un lugar y una época en la que me puedo mostrar tal como soy, nadie me va guillotinar como si guillotinaron a Shofie Scholl, esa estudiante alemana que lucho contra Hitler repartiendo a escondidas panfletos contra él, ni me van a crear problemas, como sí pasaría actualmente en amplias zonas del mundo, si me cruzo con un vecino y por ser “rara” allí tengo el “desliz” de permitir que me vea un mechón de mi cabello, ni me van a lapidar si decido casarme con un musulmán como si lo hicieron, su propia gente, con una yazidi

No, yo no recomiendo a nadie en tal tipo de circunstancias que deje ver que es rara o raro.

Y, reconozco que incluso en España existe cierto riesgo si te ven como “demasiado rara”, que conste, pero aunque queda mucho por hacer y lograr, esto en comparación con otros sitios y otros tiempos es casi un paraíso. Dejadme pues que lo aproveche.

Dejadme ser lo que soy, que eso es lo que me gusta ser y solo tengo esta vida para ser. Y, vosotros, por favor, si podéis no me seáis rebaño, que nacisteis humanos, no ovejas. Comprendo que eso asusta pues al salir del rebaño nos quedamos a la intemperie, sin su techo, ni su suelo, ni esas paredes suyas que lo limitan y nos protegen del exterior, pero es que hay riesgos que compensan. Y, sí ya sois raros, entonces felicidades, y de vosotros lo celebraba.

En fin, que no sé si mi amigo al final me comprendió o no, pero que al menos mientras vio el vídeo no paro de reír y eso, al menos, ya es algo :-D


viernes, 4 de noviembre de 2016

Me andaba yo enamorando

Este verano he conocido una persona y me andaba yo enamorando de ella. Poco a poco, sin prisas, pero sin detenerme. Y, yo estaba permitiendo que eso ocurriera, es más lo veía bien, incluso me felicitaba por ello.

Pero esto es algo raro, muy raro, en mi vida. Es raro por una razón, solo una vez me enamore y pague por ello tan atroz y salvaje precio que soy ahora cual gato escaldado que hasta del agua fría huye o al menos eso es, lo admito, lo que fui durante muchos años. Pero lo recientemente acontecido prueba que el pánico en el que yo vivía ante la posibilidad de enamorarme ha desaparecido.



Hoy quiero hablar sobre ello y sobre la decisión que he tomado. Y lo que voy decir seguro que a más de uno y de una le va sonar raro.

No identifico para nada el enamoramiento con el amor o una forma de amor.

El enamoramiento es una borrachera de hormonas causada por, y que a su vez causa, un autoengaño, una ilusión, un espejismo, una mentira.

El enamoramiento es eso que hacemos, y nos ocurre, cuando ante alguien que nos gusta en especial corremos a pintar lo que vemos de esa persona de los colores que más nos gustan. Dice mucho de como es cada cual, pero nada de como es la persona de la que nos estamos enamorando, a esa persona nos la oculta, vela, pues al teñir lo que de ella vemos, esos colores que le proyectamos, tapan los reales.

El enamoramiento es de quita y pon o más bien de pon y quita, viene pero luego se va, puede tardar en irse pero siempre termina marchando. Cuando se va es cuando realmente podemos conocer a la otra persona y a la vez a medida que la vamos realmente conociendo el enamoramiento se va diluyendo ya que ver los colores reales de algo nos impide fantasearlos.

Por supuesto el enamoramiento puede ser una puerta para el amor, a veces lo es, y otras para nada. De hecho el enamoramiento es hasta cierto punto compatible con el amor. Pero el amor que puede estar presente durante un enamoramiento es ese mismo que queda cuando el enamoramiento se va, si no queda amor es que no lo hubo. El amor no es de quita y pon, cuando llega es para quedarse. Puede ir a más y de hecho tiende a ir a más, el amor, pero no sabe, ni puede, ir a menos.

A veces amamos y al conocer mejor a la persona descubrimos que no la amamos, eso es verdad, puede deberse a que estamos confundiendo dos verbos “querer” y “amar” que son muy distintos pero solemos usar como si fueran sinónimos, otras veces se debe a que la persona a la que amábamos no existe, si no que la real es otra, y el amor es fiel, siempre, respecto a lo amado. Si alguien se hace pasar por otro, o simplemente yo le tomo por otro, que yo llegue amar a esa ficción no significa que ame al ser que me la inspira, si luego descubro la verdad mi amor va seguir depositado en la persona ficticia y renegara de la real. De hecho amo, y sospecho que lo mismo le ocurre a los demás, a seres que jamás han existido, me los he encontrado en novelas, películas y por supuesto en confusiones en mi vida cotidiana en las que tome a alguna gente por lo que dicha gente no es realmente.

Ese mar de hormonas que nos inyecta en sangre el enamoramiento a parte de dificultar nuestra visión, comprensión, de la persona real tiene otro efecto. Nos da alas. Nos hace sentir el cielo. Justifica la vida y el ser, en el sentido de que nos hace sentir en armonía con nosotros mismos y con el mundo. Tiñe todo de color hermoso, nos vuelve hasta más puro el aire. Todo lo cual resulta profundamente placentero, como es natural y supongo que puede incluso provocar adicción.

No me falta en mi entorno gente para los cuales la vida cuando no están enamorados es gris, carece de sentido y no se le encuentra valor alguno. Para ser felices necesitan estar enamorados, se les corresponda o no. Pero ese no es mi caso.

El sentido a mi vida se lo doy yo. Nunca he necesitado que nadie se lo de. No siento, por ello, necesidad ninguna de enamorarme. Y, pese a ello me estaba enamorando y disfrutando ese enamoramiento. A sabiendas de que era un autoengaño me parecía oportuno, feliz y satisfactorio. Y, me dejaba hacer y llevar por todo ello.

Lave con ello viejas heridas, emponzoñadas y sin cicatrizar. Ahora si podrán cicatrizar sin que le quede dentro tal ponzoña. Pero hoy he decidido parar el proceso de enamoramiento. O cuando menos lo voy intentar.

No me interesa un enamoramiento no correspondido y menos un trío sentimental en el que llevar la peor parte. Eso me lastimaría y a cambio no me proporcionaría nada. Me he pasado el tiempo siendo a la vez espectadora y protagonista de una película, he disfrutado el espectáculo, pero es hora de abandonar el cine.

En fin, tras darme una ducha en agua fría, (más metafórica que otra cosa), voy dedicarme a conocerle mejor y amarle más.

Es hora de mirar su rostro sin mentiras que me lo velen.

martes, 19 de abril de 2016

El dios de mi infancia

La primera persona que me hablo de de lo divino, y tales cosas, fue mi madre. Era yo entonces tan pero aun tan pequeña que no entendí nada. Andaba yo llorando desconsolada una herida recién hecha en una caída cuando ella intento de ese modo consolarme.

Me hablo de un dios y una tal virgen María que vivían en el cielo y me amaban por lo visto un montón y cosas así. No me hablaba de poderes, no era un este lo puede todo, si no de amores consolantes. Pero insisto que no entendí nada. Yo ya sabía por entonces que del cielo si nada lo sostiene todo se cae, mire y mire que podría sostener allá en lo alto a alguien y nada vi, nada salvo montañas circundandonos, colinas más bien, y termine deduciendo que lo que ocurría es que tal pareja habitaba en ellas y dado que no se veían casas por allá deduje que no la tenían.

No demasiado después, no sabría decir cuanto, una noche de truenos, pensé en ellos, los pobres a la intemperie, bajo toda aquella lluvia en una noche fría como aquella. Entonces, y gracias a la luz tenue que mi madre dejaba en el pasillo para evitarme no sé que miedos nocturnos, vi uno de mis pijamas descansando sobre una silla y comprendí lo que iba a hacer.

Y, ahora viene lo difícil explicar lo que hice sin que suene demasiado a majadería. Tome el pijama, volví a la cama y se lo ofrecí a ella, con palabras mudas. Lo acepto encantada, se lo puso y se quedo entre las sabanas, a mi lado, y al ver eso él se vino con ella. La cama era muy pequeña, claro, pero no parecían ellos mayores que yo, ella, por ejemplo, no hizo al ponerse en el pijama ni que la tela en modo alguno se moviera adaptándose a ella. Y, de ese modo, aunque no me quedo otra que dormir en un extremo de la cama, los tres nos arreglamos bien. Yo dormía abrazada a ella y ella a él. Unos días después logre otro pijama, uno muy viejo y ya retirado de uso para él. Al despertar y el ansia me hacía ser la primera en despertar, ellos se iban y yo ocultaba los dos pijamas extra bajo el colchón, muy en el fondo para que mi madre no los descubriera al hacer la cama. Y, la cosa funciono durante un tiempo. Hasta que termino descubriendo el escondrijo. Nada me dijo al respecto, simplemente ocurrió que una noche al ir a sacar los pijamas estos ya no estaban allí. Pero esa noche no llovía ni hacía ya frio y por eso pareció no importar.

Esa fue mi primera experiencia personal con los dioses, tratar de protegerles del frio y la lluvia.

Y, continuo corriendo el tiempo. Mi madre me enseño a leer y a las pocas semanas comencé a ir al colegio. Escuche entonces más sobre dios, que era bueno, todo lo sabia y todo lo podía. La verdad es que no era de esa forma como yo lo recordaba, pero se suponía que aquellos que tales cosas me contaban sabían mejor que yo lo que era o dejaba de ser él. Pero a mi siempre me pareció que dado que yo había estado con ellos y estos otros no mi opinión también debiera contar, cuando menos ante mi misma. Y, ocurrió en esos días, un poco antes o un poco después que escuche hablar de guerra. Por lo visto la guerra era que dos grupos de gentes se dedicaban sistemáticamente a hacerse mutuamente todo el daño que pudieran. Yo no entendía que, dado que existía dios, tal cosa fuera posible. No me atreví a plantear mi duda ante el profesorado, pero con mi madre sí había suficiente confianza. Se lo pregunte.


Cuando le hice la pregunta primero no supo que contestar, luego lo intento. Pero no la contesto. Ni siquiera la entendió. Que dios es una cosa y los hombres son otra ya lo sabía, que lo que ocurre es que los hombres hacen muchas tonterías ya lo había comenzado a sospechar. Pero lo que yo preguntaba es otra cosa. Si dios es a la vez enteramente poderoso, sabio y bondadoso intervendrá cuando alguien, haciendo el tonto, haga daño a otro, y como lo va hacer nadie va ser tan pero tan tonto como para hacer el tonto hasta ese punto pues sabe que dios no lo permitirá. Algo había pues que no encajaba en todo eso. Yo era por entonces una niña, pero no una tonta. Pero hasta que cumplí los 16 años no supe de nadie que se hiciera la misma pregunta. Y, no fue hasta muchísimo después que encontré la respuesta.

Por lo tanto cuando llegue a los 12 años dios era para mí una pregunta, no una respuesta.

Y, fue a esa edad, en clase de religión, en que un sacerdote, buena gente, hombre de fe y no muchas luces, me dejo profundamente boquiabierta.

Nos pregunto a la clase que motivos teníamos para creer que la religión cristiana es la verdadera, nadie supo que responder, sonrió entonces y paso a preguntarnos si la Biblia era una prueba, nadie contesto, volvió a sonreír y afirmo que de eso nada, pues la Biblia era un libro pero había otros libros, bien distintos, que decían ser sagrados y que nada nos probaba que esos libros y la Biblia incluida no fueran un invento humano, una leyenda llego a decir. Y, que lo mismo pasaba con no sé que tradición oral cristiana, que bien podía ser mera leyenda pues de nuevo nada probaba lo contrario. Nada, dijo, salvo ese algo que el sabía y nosotros, por lo visto, no. Y, volvió a preguntarnos que era eso que si probaba la veracidad del cristianismo e indirectamente la de la Biblia. Todo el rato sonriendo, se ve que se lo estaba pasando en grande pues había realmente logrado dejar a la clase de lo más intrigada y atenta a sus palabras


Espero un rato, continuo esperando y finalmente viendo que se daba toda la clase por vencida nos explico cual era esa prueba. Entonces fue cuando me quede boquiabierta. Su “prueba” eran los milagros. Los de Jesús, que no los hubiera podido hacer según él, de no ser dios.

Soy, de siempre, una mente de esas que algunos llaman “primitiva”, por ello para mí entre magia y milagros no hay diferencia y eso que algunos llaman sobrenatural me resulta ser, a mis ojos, la cosa más natural del mundo y jamas entenderé que hacen en esa palabra, que pintan allí, sus cinco primeras letras. Pero si los milagros que Merlín el Mago no me van convencer de que ese tal Merlín sea dios si no un simple mortal con poderes, los milagros de Jesús de Nazaret tampoco me van convencer de lo contrario. Si la magia de uno no me convence de que su historia no sea una mera leyenda, la del otro tampoco me va probar que haya existido y mucho menos que fuera tal y como me lo cuentan. Pero eso no es lo que importa.

Lo que importa es que si las fuentes de información que dices usar tú mismo las calificas de no fiables, entonces no puedes decirme que si aparece en ellas alguien haciendo magia, perdón quise decir “milagros”, ese alguien queda demostrado que es dios y por lo tanto a historia en la que nos cuentan sus milagros es necesariamente verdadera y ya para nada dudosa. Eso lo sabe cualquiera, crea o no en milagros.

Si os cuento una historia en la que el Pato Donald hace milagros, no por ello os vais creer que el pato es Dios, ni que por ser él Dios queda demostrado que la historia que os cuento es verdadera. ¿No? Pues eso.

Qué mi profesor de religión, que además era cura, no se percatara de ello es significativo. Y, destruyo de forma ya definitiva cualquier esperanza mía de encontrar respuestas a determinadas preguntas en el seno de la cristiandad. Hasta entonces yo tenia sospechas pero no argumentos contra la supuesta veracidad de la Biblia.

Los cristianos no saben dar respuesta al problema del mal, los cristianos creen que el mero ser poderoso significa ser dios, los cristianos creen en un libro del que carecen de motivos lógicos para fiarse. Son tres buenos motivos para no ser cristiana.

Y, yo seguía sin una respuesta a mi pregunta.

jueves, 7 de abril de 2016

Cuestión de perspectiva

Apenas son las cinco de la madrugada pero da igual, despierto, debería seguir durmiendo, pienso, pero he despertado tanto que lo estoy del todo, imposible volver al sueño por hoy. Eso me proporciona unas tres horas sin nada que hacer, horas que quiero llenar con algo que me las haga tener sentido para mí. Y, me pongo a buscar, dentro de mis posibilidades, con que las podre llenar. 


Pienso en ir a la cocina y hacer una infusión, pero lo desecho. No me apetece ir.

Pienso en encender el ordenador, que lo tengo conmigo. En jugar un rato con él, pero no deseo jugar. En ordenar los archivos que baje de Internet, pero ya me pase ayer varias horas haciendo eso y por ahora no hace falta más. En escribir algo para el blog pero no se me ocurre nada o si se me ocurre no lo quiero publicar.

Pienso en mi diario, en abrir la mesilla de noche, sacar el cuaderno del cajón y escribir algo, pero es un algo que me duele tener que escribir, que pospongo día tras día pues no quiero hurgar en la herida. Y, sigo sin querer hurgar. Hoy también lo pospongo.

Pienso en leer algo, pero ya no me queda ninguna novela por leer, de esas que uso para evadirme y distraerme en las horas muertas, que no para otra cosa las compro. Hay sí algo nuevo de filosofía, sociología y hasta algo de psicología, pero no me tientan lo suficiente, estoy despierta, sí, pero sin ganas de perderme en lenguajes raros, descripciones de las salvajadas que los humanos podemos hacernos entre nosotros o incluso a nosotros mismos. No tengo nada de historia por leer, pero me queda un libro, mera colección de citas, por acabar, pienso que como medida desesperada no está mal para unas horas, pero quisiera algo mejor.

Pienso que en otro tiempo podría pasar este tiempo meditando, pero hace mucho que meditar ya solo me aporta dolor, pues me abre al presente y me regresa al mundo.

Pienso en ordenar la habitación, que ya le va haciendo falta, pero siempre me ha repelido hacer eso sin la compañía de la luz del sol.

Desde la perspectiva de “debería estar durmiendo pero ahora no puedo”, miro y nada veo con lo que rellenar de un modo satisfactorio este espacio temporal que de repente se me abrió. Entonces cambio de perspectiva, me digo. Y, dejo de buscar algo útil, satisfactorio, que le de sentido a mi tiempo. Me pierdo en mí, viendo mi persona con todo lo que ello implica, viva en medio de la vida, contemplando como, ante una perspectiva que nada me aporta, como opto por cambiar de perspectiva. Y, mi recuerdo se refresca sobre lo que es la perspectiva, lo que soy yo, lo que es la vida y el vivir. Y, me descubro hablando imaginariamente a una audiencia imaginaria, sobre todo ello. Explorando palabras y su orden, buscando poder decir más y mejor a la vez que trayendo a la memoria, más bien a la luz de la mirada, aquello que pueda tener sentido decir. Y, descubro ahora mismo que no va ser hoy, pues ha ido pasando el tiempo, ya hemos dejado atrás las seis de la madrugada, ya los pájaros cantan hace rato y aun no tengo las palabras ni ideas claras para hablar sobre la y las perspectivas, pero ese es un tema que sí quiero y sí debo tocar en el blog, aunque lo comience hoy, de esta manera, contando como un mero cambio de perspectiva le ha dado sentido a ya más de una hora de tiempo que parecía estar vació y no querer llenarse de cosa alguna, y de que modo empezando por no encontrar nada sobre lo que escribir y querer publicar basto ese cambio de perspectiva para encontrar ese esquivo algo que sí quiero escribir y publicar.

Ahora si adquiere sentido preparar y beber la infusión de la que antes hable, los pájaros y su trino me acompañaran. Simplemente no me la quería tomar sola :-)

… Y, mientras lo hago pensare en perspectivas y palabras

sábado, 2 de abril de 2016

El ciclo de la vida

Ayer lucia el sol, hoy llueve. Mañana quizá de nuevo luzca el sol.

Todo es ciclo.

Contaban los antiguos que antes que la vida pueda ser ya existe eso que llamaban caos, y sobre ese caos, en él, ya esta presente un principio, una fuerza, un poder primordial, nacido del propio caos. Y, ese poder actúa, da lugar al orden a partir del caos, de ese modo nacen las formas coherentes, que se encarnan en la materia y hacen ser al cosmos, al orden, la luz, pero ese cosmos, ese orden, esa luz no destronan al caos si no que son cual pequeña isla en medio de un mar sin limites. Y, es que el cosmos nace y es pero nace y es en el caos. Por ello todo lo que se compone termina descomponiendose, el orden vuelve al desorden, la luz a la oscuridad. Y, vuelta a empezar. Todo lo que nace muere y es precisamente esa muerte lo que sirve de puerta a un nuevo nacimiento. Todo es cíclico, no existe pues caos sin orden, ni orden sin caos


El ciclo de la vida tiene un ayer, un hoy y un mañana; ciclo son los días, las estaciones, los años y las generaciones. Pero no son los ciclos solo en el tiempo, lo son también en cada instante. Ahora mismo, oculto tras las esquinas del orden, se encuentra presente ese caos al que ese orden quiere volver para volviendo poder renacer en un orden nuevo, de ese modo quiere la lluvia agotarse, para poder cesar, busca colmar su medida, y dar así nacimiento a un día sin nubes y puro sol, que a su vez clamara llamando a la lluvia.

En eso consiste el ser de las cosas, humanos incluidos, en ir siendo. No otra cosa es la vida.

Si el caos es inalterable, pura permanencia, ausencia de forma, la vida es todo lo contrario. Es la vida puro fluir, forma que cambia para poder seguir siendo forma, semilla que necesita ser raíz para ser tallo y ser fruto que vuelva a ser semilla. Cada vida, cada fluir, cada forma son adaptación a toda la vida, a todo su fluir, a su momento en el cosmos.


Soy, en el momento oportuno, un fragmento de orden en el caos. Y, a veces hasta me da la sensación que lo comprendo.

sábado, 12 de marzo de 2016

¿Por qué este blog es un fake?

No por mi gusto desde luego y voy tratar de explicarme desde su origen y evolución:

El blog nació una tarde, el verano pasado, en el que una camarera y dos clientes, unidos por una vieja amistad, decidieron crear un blog en el que relatar las distintas anécdotas de las que desde largo tiempo atrás venían siendo testigos en aquel local y otros.

Pero una anécdota real, y más si atañe a otros, no se puede contar de cualquier forma, hay que obtener permiso y cuando ya ni se puede pedir permiso, pues ni sabes si volverás a ver a las personas implicadas, contar la anécdota de tal forma que nadie les reconozca en lo que cuentas. Es más, hay gente que te da el permiso sin problema ninguno, pero a la vez te pide que no permitas que se les relacione con ella.

Por lo tanto decidimos crear una ficción dentro de la cual se desarrollarían y serian publicadas dichas anécdotas. Una camarera ficticia, no la genuina, un local ficticio, no el genuino y por supuesto un pueblo también ficticio.

El nick de Lilith fue propuesto por uno de ellos, pues les había gustado su historia cuando la conté unos días atrás. No me gustaba, me parecía demasiado grandilocuente, pero dos son más que una y ese fue el nick que al final adoptamos. Lea, que era mi preferido, fue abandonado.

El nombre del blog tampoco me gusto nada, pero es muy conocido el nexo que siento con el viento y eso inspiro a uno de ellos, y ambos encontraron cursi el que sí me gustaba a mí, luego propuse un retoque al nombre que ellos querían y aunque no en la dirección del blog si lo cambiamos en la cabecera.

En cambio en la estética del blog casi me dejaron absoluta libertad.

Pero eso fue todo, no hubo más, a veces me leen lo que publico, la mitad de las entradas aproximadamente y en seguida me dejaron claro que en realidad eso era todo lo que se podía esperar de ellos. Pensé entonces en abandonar el blog, pero no lo hice. Desde su segunda entrada en la que relato, un trocito de, un intercambio de opiniones sobre como llevar el blog, no han vuelto a influir en su desarrollo. Quizá fue un precio que pague por insistir en meter aquella entrada, no lo sé, pero pienso que no fue eso.



Pero una vez me vi sola ante el blog mi forma de ver el blog cambio. Lo vi como una oportunidad para dar cuenta de cierta perspectiva vital, de un modo diferente de ver la vida, que es el modo que me gusta. De ese modo las anécdotas pasan a tener sentido solo si sirven para ilustrar esa perspectiva y da ya igual si fueron o no vividas en un bar.

Esa perspectiva en mi opinión es claramente pagana, pero ya decía alguien, creo que fue Aristóteles,
que todo el mundo quiere que le hablen en su propio idioma. Pues bien, si quiero que mis palabras tengan una oportunidad de ser escuchadas y luego juzgadas para decidir si valen o no algo, no debo arriesgarme a que sean prejuzgadas y rechazadas de antemano. Por lo tanto no deseo cargar mucho este blog con temas religiosos o esotéricos. Prefiero un caballo de Troya a un ariete. Máximo cuando estoy convencida de que esa perspectiva tiene valor incluso fuera del ámbito del paganismo.
Es decir no escribo para paganos si no para cualquiera que me quiera leer.

Pero para ello cuento cosas que de nuevo son demasiado personales. Cuando se vive en un lugar pequeño, y mañana va haber como siempre que saludar al vecino, no es fácil airear, sin pagar un precio que no quiero pagar, mi relación con el hermetismo, por ejemplo, dado que ese vecino confunde el hermetismo con el satanismo y para colmo de satanismo lo único que sabe es una serie de mentiras y malas fabulas que ha visto en media docena de películas por la tele. Y, pese a ello sigue siendo un buen vecino con el que quiero seguir pudiendo saludarme con normalidad.

Pero no solo cuento cosas privadas mías, también de otra gente. Dama, por ejemplo, podía fiarse de mí sin más, pero dado que ella estaba en el pueblo ambas quisimos que leyera el texto con la anécdota del tabaco antes de que fuera publicado. Autorizo su publicación, pero os aseguro que jamás lo hubiera hecho si pensara ella que la autoria del blog no iba permanecer oculta, pues es tremendamente más celosa de su intimidad que yo. Y, una cosa es que el hecho de que en un momento dado se comporto como una tonta nos haga reír a ella y a mí, y otra cosa muy distinta que quiera que se entere de ello su vecino de enfrente.

Por lo tanto, dado alguno de los contenidos del blog, la “mascarada”, que envuelve o sustenta lo real en él, me sigue pareciendo necesaria. En cambio mi identidad real me parece superflua.

Mis palabras valen mucho, poco o nada, pero ese valor es independiente de quien las pronuncie, escriba o publique. O tienen valor por si mismas o no merecieron ser publicadas y nada hay en mí que pueda cambiar eso.
Pero hay algo más y no quiero engañar a nadie:

Lilith soy yo y me encanta ser Lilith, todos llevamos mascaras y quién diga lo contrario o miente o no se conoce a si mismo. De hecho la propia palabra “persona” deriva directamente de otra del antiguo griego que significa precisamente mascara. Nos ponemos mascaras para interactuar con los demás y a veces, que ya es el colmo, hasta para convivir con nosotros mismos, para no ver lo que realmente somos.





Por eso a la gente le gusta tanto los carnavales. Se ponen una mascara sobre el rostro para poder sacarse la mascara del alma. Y, festejan la libertad así adquirida. A veces la mascara es social no individual, por eso en fin de año alguien puede que venga corriendo a darte un par de besos pero luego, durante el resto del año, ni te salude y pese a ello no fueran hipocresía los dos besos si no falta de libertad y cobardía sus no saludos; fue solo que bajo la mascarada de navidad oso desplegar sus alas, esas mismas que durante el resto del año mantiene ocultas, no sea que se las vayan a dañar.

Yo nunca he sido, de forma publica, tan yo misma como lo soy en este blog, yo que tanto detesto los carnavales, yo que siempre me niego a disfrazarme en ellos, llevo, al igual que hacemos todos, una mascara durante todo el año. Solo me la quito en la ducha y a veces pienso que ni en ella. No siempre es igual de opaca o pesada, pero vivir en sociedad es vivir con ella. Y, a veces necesitamos un antifaz, de encaje o cartón eso da igual, para poder ser realmente nosotros mismos. Es triste que sea así, pero es lo que hay.

Espero con todo ello no estar molestando a nadie. Sé que puedo convertir el blog en privado de tal modo que solo lo puedan, ver y comentar en él, la gente que yo invite a ello y a cuya dirección de correo pida a Blogger enviar la invitación, pero mientras me parezca que no estoy molestando a nadie con el blog, por supuesto, seguirá siendo publico.

Y dicho esto ya no se me ocurre nada más que decir al respecto.

miércoles, 24 de febrero de 2016

A modo de resumen de una vida

El blog va avanzando y siento la necesidad igual que antes y aun más de mantener mi anonimato y hasta enmascaramiento y aun así y a la vez de desnudar ciertos aspectos de mi biografía que irán cobrando importancia, imagino, a medida que avance aun más el blog.

¿De donde salgo, vengo?

En el futuro supongo que desarrollare una explicación más extensa de los aspectos que ahora voy a mencionar del camino que me trajo hasta aquí. Pero por ahora con lo que voy decir espero que llegue.

El concepto de Dios, en mis primeros años me resultaba confuso. Muy pronto la información que me llegaba sobre él dejo de serme fiable. Se convirtió durante años en una pregunta sin respuesta y la cosa fue a más cuando a los doce años las palabras de un cura me probaron que nada saben. O eso opine entonces y eso opino ahora. Y, aunque merece el asunto mayor detalle lo dejo para mejor ocasión que hoy quiero aligerar.

A los trece años viví una experiencia que me llevo a concluir que de todos modos Dios probablemente si existía pese a no parecerse al de los curas.

Entre en mi adolescencia sin haber pensado mucho más en el tema y entre los 16 y 17 años se produjo un cambio. Olvide entonces el Dios que me pareció intuir, sentir, a los trece. Ya que no me parecía compatible, para nada, con el mundo real y entraba, o eso me pareció, en contradicción con la realidad de la vida. El caso es que desemboque en el malteismo, con todas sus consecuencias y sin consejo para ello de nadie, a puro pelo.

Saliendo ya de mi adolescencia o recién salida, que no se como llamar a eso, conozco a una persona y esa persona me cambia ya para siempre la vida. Es por esa persona que me adentro en el terreno del hermetismo y es por el hermetismo que dejo atrás, como olvidada, mi fase malteista.

Hoy sigue siendo esa mi senda, el hermetismo, no conozco otra. Lo que no quiere decir que pertenezca a esa tradición.



No, yo no pertenezco a ninguna tradición, a ninguna cultura, a ninguna religión, a ningún pueblo, a ninguna ideología. Y, jamás entenderé a quienes se permiten a si mismos “pertenecer” a tales cosas.
Simplemente lo vivo que es distinto.

He encontrado un camino en el Hermetismo, creo en él y lo seguiré haciendo mientras no vea razones para lo contrario. Termine además, encontrando un hogar o religión, cuando añorando una recordé un viejo articulo leído años atrás y entonces me puse a buscar, como pude, información y termine dando con una religión, muerta hace mucho, pero que encajaba con mi forma de ser y tenia un dedo inmenso señalando a la Luna de los Filósofos, esa religión es ahora la mía y aunque eche un poco de menos a otros no necesito que sea a la vez, ella, también de otros. Ya solo me falta, pues, encontrar otras dos cosas:

Una humanidad diferente, una que me guste, pues aunque aprecio y muchísimo, no lo niego, a la que sí conozco la aprecio, sí, pero como aprecias a un hermano con el que casi en nada estas de acuerdo, no te escucha y a veces, para colmo, hasta te detesta.

Y, me falta volver a encontrar a la persona que me cambio la vida y luego se me perdió en ella.

Ya solo me faltan dos cosas, pero hubo un tiempo en el que me faltaban más; aunque sigan siendo las dos que más me importan las dos que aun me faltan.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Vejez, desesperación, tristeza, soledad

Cuando te dije que había decidido no publicar esa entrada pero aprovechando que estabas allí quería ver que impresión te producía fue para ver hasta que punto era o no solido el motivo que me llevo a esa decisión.

Cuando te vi teñir tu rostro de tristeza, dolor y preocupación pensé que se debía a la historia de la niña. Pero resulto que no. Que esa tristeza y ese dolor y esa preocupación eran por mí.

No hay motivo para ese dolor, ni para esa preocupación, ni para esa tristeza.

Treinta años puede no parecer mucho, pero me hace pensar ya en ciertas cosas, en momentos que llegaran y no quiero que me pillen desprevenida. Pero quizá me exprese mal cuando escribí el texto.
No era desde luego mi intención parecer vieja, ni triste, ni desesperada, ni sola.



Es cierto que ya no me siento joven, pues es posible que no me queden en condiciones otros treinta, pero en realidad casi desde siempre he vivido consciente de cada día puede ser el último y por ello poco me preocupa eso. Me preocupan otras cosas. Me duelen otras, no eso.

En cuanto a desesperada, bueno, desesperada sí ando bastante. Pero eso no es necesariamente malo o al menos es a la vez buena cosa y voy tratar de explicarme:

Mi infancia me resulto soportable gracias a que tenia la esperanza de que algún día las cosas cambiarían y sobre todo dos anhelos, sueños, míos se cumplirían. Muchas cosas han cambiado, pero esos dos sueños, eso para y por lo que viví, hoy sé que jamás se cumplirán. Eso es lo malo. Lo bueno es que desde que lo sé ,y veo en ello vana toda esperanza, las energías que invertía en alcanzarlos pues ya no las invierto. Ya no busco lo inalcanzable, lo cual me deja más capacidad libre para ir tras lo que sí es alcanzable. Es triste y desesperante, cierto, pero es mejor eso que seguir equivocada persiguiendo lo que no se puede lograr.

Nunca podré salir a la calle y decirme a mí misma que la gente con la que me cruzo es mi gente. No soy una de vosotros, jamás lo he sido y jamás lo seré. Nunca ha existido, ni existe, esa sociedad y cultura en la que me pueda sentir integrada. Quizá algún día, dentro de mil años pero no ahora.

Vuestras culturas, Rafa, oprimen, falsean y deforman la vida. Eso es lo que de verdad pienso y lo que de verdad siento. Solo os puedo parecer una de vosotros cuando os engaño, cuando me oculto, cuando guardo silencio. Que aprecie profundamente a la gente y a la humanidad en general no significa que me guste su forma de ser, no me gusta como es la gente, odio tener que vivir entre vosotros pero escondida de vosotros. Por lo tanto soledad toda, eso es lo que siento, incluso cuando me ves acompañada.

Tristeza...

Bueno, lo de la alegría es una asignatura que tengo pendiente, eso lo admito. Pero mi alegría no puede ser una alegría que venga de las circunstancias, ya que las mías no la favorecen, tienen que venir mis alegrías del interior, no de fuera, y supongo que un año de estos me pondré a la tarea.

Pero nada de eso importa, soy como soy y me gusta como soy, el modo en que veo la vida y la manera en que la vivo. Y, no la cambiaría por ninguna otra.

Sarna con gusto no pica, y si esto fuera sarna, que no lo es, entonces bendita sea.

Por eso no hay motivo para dolerse ni preocuparse.

lunes, 1 de febrero de 2016

Un paseo por Santiago de Compostela

Con la mañana y la tarde libres, este viernes pasado, y un día con sabor a sonrisa, decidí ir hasta Santiago, que era algo que hacia ya demasiado que no hacia. Es un paseo que normalmente me carga las pilas y pese a un sabor agridulce que siempre me tiene me sirve para librar mis ojos de malos sabores, eso de ver que el mundo no termina en las cuatro paredes del pueblo en que vivo. Que hay más vida que esa.

Fue agradable en general.

En Fernando VII encuentro una de las librerías por las que me gusta pasar con las estanterías de sus escaparates vacías, la puerta cerrada y un gran cartel advirtiendo del cierre. Poco después, ya en otra calle, encuentro otra, esta vez pequeña pero que fue importante para mí cuando coleccionaba sellos, también cerrada. La crisis supongo se las llevo por delante. Por suerte Follas Novas sigue en pie y funcionando, me encanta ese olor que tiene a libros nuevos esperando nuevo dueño. Siempre me recuerdan las librerías a los orfalinatos.

Paso por delante de las puertas de la facultad de filosofía. Lo hago intencionadamente, me gusta ver su alumnado, el curso pasado vi entrar en ella a una pareja de góticos, y desde entonces me pregunto si solo estaban como yo de paso o son alumnos en ella. Pero pese a ser viernes tenía las puertas cerradas y no vi deambular alumno alguno, quizá era festivo y por lo tanto no lectivo para ellos, no lo sé. Lo mismo ocurre con la de Historia, tiene la puerta principal cerrada, no miro la otra.
Me gusta entrar por esa puerta, mirar para el pilar de su umbral donde una pequeña placa de bronce nos informa de a que altura estamos en ese punto sobre el nivel medio del Mediterráneo. Es la facultad más hermosa que tiene Compostela, sus piedras respiran y exhalan historia. Siempre me hace sentir paz.

Llego a la plaza de la Quintana, ya no recuerdo quién me contó una vez que era un cementerio. En una parte Quintana Baja se enterraban los pobres, en la Quintana Alta los ricos, me siento sobre las escalinatas de la Quintana Alta, es la mejor perspectiva, veo la gente pasar, la catedral a mi derecha cercana y ajena a la vez, lejos queda mi viejo idilio con ella. Bajo por platerías, dudo por un momento si pasar o no por la plaza de la actual fachada principal, doblar por el Hostal de los Reyes Católicos y a un paso llegar hasta la pared de una iglesia que en su tiempo debió tener también su cementerio o eso deduzco pues en esa pared encontré que en caso contrario no parece tener sentido.
Tiene esa pared en su piedra esculpido un relieve de calavera humana sobre dos tibias, y entorno a ello una advertencia que reza “así como te ves me vi, así como me ves te veras”, pero me digo que no, ya lo he visto muchas veces y es otra cosa lo que me apetece ahora.

Retorno a la zona nueva de Santiago y dejo atrás la vieja, entro en un bar y restaurante, pensado más bien para una clientela estudiantil, un negocio familiar. Miro, no veo lo que busco, me pido un café y espero, en vano. Pasa el tiempo y se me hace la hora de comer, pero no quiero comer allí, no me gusta la clientela, me recuerdan aquello mismo que pretendo olvidar en Santiago. Salgo y me encamino al Galeón, aun es relativamente temprano y no tendré que hacer cola, odio esas colas, por eso siempre voy temprano o muy tarde. Su madera, el sable, todos esos barcos de vela hace que, yo que nunca en la vida me he sentido en casa, me sienta un poco en casa. Termino rápido y digo no cuando me pregunta el camarero si quiero un café, lo quiero pero en otro sitio, pago y me voy. Vuelvo al bar restaurante de antes.

De nuevo nada, me pido ese otro café pero vana es la espera. Termino marchando, se me va haciendo tarde. Volveré en otra ocasión, ya lo sé, tengo una amiga que suelo ver allí.

Mi interés por ese local comenzó hace unos seis años, la primera vez que entre en él no fue otra la razón que el estar cercano a la parada de autobús y que aun me faltaba mucho para que este llegara.
Tras la barra estaba la familia que lo lleva. Fuera de la barra había tres clientes, dos mujeres y hombre, de entre cincuenta y sesenta años, que también parecían una familia, también estaban dos niñas, de unos tres años una de ellas, de unos tres años más la otra, ambas, por lo que escuchaba y vi supe eran hijas de la familia que regenta el local, la niña mayor cuidaba de la pequeña y llevaba yo un buen rato observando como se desvivía cariñosamente por estar totalmente atenta a la pequeña. Me maravillaba esa dedicación. Y, fue entonces cuando la conversación de los adultos me golpeo.

Los clientes, visitantes comenzaron a alagar a la pequeña, ante sus padres, y los padres corrieron encantados a darles toda la razón del mundo y más. La pequeña era alegre, estaba maravillada con el mundo, todo era para ella sorpresa y fiesta, su alegría resultaba contagiosa, era una cura penas, pues bastaba que anduviera cerca para sentir también alegría. Todos estaban de acuerdo, incluso en eso lo hubiera podido estar yo, pero lo hacían comparando a la pequeña con la mayor. Ese era el problema. La mayor sabía que no todo era fiesta, que la vida pesa. No podía transmitir esa alegría pura que nace de la inconsciencia y solo en ella es posible.

La mayor estaba haciendo un trabajo de adulta, con solo seis años, y salvo por lo menuda que era no se me ocurre nadie que pudiera ser mejor y más atenta niñera de la pequeña. Y, escucho, igual que yo, como la pequeña era mejor que ella, pues reía la una y no la otra y en ese reír radicaba según ellos que la una valiera más que la otra “a outra nunca sera como a pequena” dicho por su madre y con cierto tono de queja son el puñado de palabras que no olvido de todo aquello.

Y, yo no dije nada, me calle como me callo tantas cosas y tantas veces callo. Pero, sin desvalorizar a la pequeña, la impresionante era la que con solo unos seis años estaba haciendo un trabajo de adulta igual de bien que lo podría hacer yo.

Pero desde entonces, siempre que voy a Santiago, si me es posible paso por allí y la mayor ya sabe que lo primero que hago al entrar es mirar si está ella y que solo entonces sonrió y no lo vuelvo hacer en ningún momento salvo si me cruzo con ella al salir o similar. A nadie más “veo” y a nadie más sonrió. Y me gusta ver como van pasando los años y la niña que aquel día quedo dolida y cabizbaja va creciendo firme y segura de si misma, Y, pienso que seguro que no mucho pero que algo si que tienen que ver con ello esas sonrisas que con nadie más comparto. Ella sabe que de todos los allí presentes es ella a quien yo prefiero.

Y, pienso que entre nosotras, sin habernos cruzado una palabra, hay una amistad veraz, que dentro de treinta años de saber ella donde dar conmigo la haría irme a ver al asilo de ancianos en el que ya nadie me visitaría, pues veo en ella y en la profundidad desde la que nos miran sus ojos que es esa clase de gente, que rara vez encontramos, que sí hace cosas que de nadie más podemos esperar y tan necesarias nos son.

jueves, 28 de enero de 2016

Cuando Beatriz se escribe con v

Fue con mi madre con la que aprendí a leer, en casa, pero fue en el colegio donde por primera vez me pusieron un lápiz en la mano, allí aprendí a escribir. Y, fue para mí un grandioso descubrimiento la ortografía.



Siempre se me había dicho que era tonta, era ese el pasatiempo favorito de mi padre, pero nadie parecía darse cuenta de que la h no se pronuncia, de que me enseñaban a escribir mal por no saber ellos escribir bien. O, esa pensaba yo que era la razón. Yo ponía toda h que sabía que gustaba al profesor, pues eso me facilitaba las cosas, pero lo realmente importante es que me di cuenta que en realidad no era una tonta, me dijeran lo que me dijeran al respecto. Yo ponía la h, cedía, pues era la débil no ellos, pero yo sabía que no hacía falta, ellos en cambio lo ignoraban, por eso comprendí que no era la tonta, la tonta lo eran ellos.

Y, cuando me contaron el cuento del patito feo comprendí, yo no era tonta ni fea, simplemente era un cisne. O eso pensé entonces. Y, tal y como lo pensaba lo sentí y deje de sentirme tonta, boba y eso otro que me llamaba. Eso es algo que le debo a la ortografía, me dio una seguridad en mi misma capaz de resistir un tifon.

Pero hizo más que eso.

Comprendí el poder de las letras.

 Desarrolle mi propia y secreta ortografía. Comencé a escribir el nombre de mi madre con v pues no quería  que llevara ella un nombre común, ella era distinta y distinto debía por ello de ser su nombre. Otra cosa me parecía injusta. Eso fue lo primero. 


Le fueron siguiendo otras cosas, cada vez más complejas. Busque dar a la palabra escrita el poder de la palabra hablada, entonación, cuerpo, alma. Juegue con las letras, use tildes que no existen en castellano, desarrolle mi propia forma de escribir. Y, comprendí que aquello era magia. No podía tener otro nombre.

… Escribir de un modo determinado el nombre de una amiga yo sabía que le traía suerte y llenaba un folio con ello, escribiendo una y otra vez. O, eso sentía y pensaba entonces, o cuando menos eso es lo que hacía. Eso y otras cosas.

Pero el día en que mi madre descubrió que escribía su nombre con v...

Ese día algo se rompió. Para entonces ya me encontraba en plena pubertad y cuando me dijo que era con b, sin darme cuenta de lo que le decía con ello, conteste que ya lo sabía, vi primero dolor en sus ojos, luego rabia, le vi en sus ojos que pensaba que la razón de la v era un acto de desprecio por mi parte y yo, salida de aquella familia en la que nunca había visto un beso, no supe decirle que ese era mi modo de besarla. Nada me dijo, nada dije yo. Pero desde aquella tarde no he vuelto a usar mi ortografía personal, no al menos de un modo consciente.

...En fin, que hay algo que tengo que hablar con mi madre.

martes, 26 de enero de 2016

Palabras vanas y esa sed mía

Anoche, alguien, con él que a veces hablo largo y tendido, me comentaba que sus amigos estaban sorprendidos de ello, pues era, argumentaban, sabido que yo nunca hablo con nadie.

No es la primera vez que lo escucho. En los últimos diez años, o así, es la cuarta vez. Evidentemente eso de nunca o nadie es una exageración, pero no le falta razón. Soy de pocas palabras.

Hay un montón de temas de los que nunca hablo y oto montón, esta vez de gente, con la que no me interesa hablar.

Es más, para mí hablar es un trabajo que no deseo realizar salvo si se me compensa por ello. Eso hace que alguna gente (poca) tenga sobre mí, a ese respecto, una imagen que choca con la que al parecer tiene la mayoría. Esa poca es gente que me habla de los temas que si me interesan y usan las palabras para transmitirme algo real al sobre ello. Por lo tanto encuentro interesante lo que dicen. A la vez me dejan dar mi opinión o incluso la piden y no se enfadan si no les gusta lo que dicen.

No me gustan las conversaciones en las que no me dicen nada que valga la pena, o no pueda en ellas decir yo algo que me parece que la vale.

No me gustan las conversaciones nacidas del miedo al silencio, ni las que pretenden ser una verborrea que equivale a un saludo, un hola o simple apretón de manos, para eso ya tenemos las manos y el susodicho hola. Contemporizar, que es como lo llaman, no es lo mio.

Me siento incomoda con la gente que se siente incomoda cuando el silencio sustituye a las palabras. Y es que no me fio de nadie que no sea capaz de compartir una hora de silencio conmigo y mucho menos si no puede compartir ni un minuto.

Que una niña diga en medio de la clase que la ortografía está mal hecha, pues la “h” no se pronuncia y por lo tanto no escribes lo que hablas si la metes en una palabra, en mi época, se curraba en clase con un bofetón, Aprendí a medir mis palabras y a la vez a mis interlocutores y hasta al publico en mis conversaciones. Mejor prevenir que ser “curada” y es que en el pasado he llegado a verme colocada en el penúltimo circulo del infierno por decir lo que debía a quien no debía. A veces solo fue que dije lo que debía y a quién debía, pero sin adaptar las palabras a la idiosincrasia de mi interlocutor. Y, es que sé desde hace mucho que si le pregunto a un cura si puedo fumar mientras rezo me va decir que no pero si lo que le pregunto es si puedo rezar mientras fumo me dirá, y hasta complacido, que por supuesto.

De hecho es poquísima la gente a la que puedo contar lo que pienso del modo en que lo pienso y lo que siento del modo en que lo siento, tan pocos que les puedo contar con los dedos de una mano y me sobran dedos. Son más por supuesto a los que les puedo decir lo que pienso aunque no del modo en que lo pienso o lo que siento pero no de la manera en que lo siento, y tener que buscar las palabras, andar midiéndolas, me hace sentir que camino a ciegas sobre un suelo repleto de huevos y me resulta agotador.

Por lo tanto es verdad, hablo poco y con pocos. Y, por supuesto nunca me ha preocupado la imagen que eso pueda dar, no mientras sea legal el poco hablar.

Dos de esas cuatro personas, a las que comentaron esto, les respondieron que si no hablaba con los otros era por que tampoco ellos hablaban conmigo y en parte, solo en parte, eso es cierto. Seguro o casi que esa gente nunca intento hablar conmigo, pero también es cierto que intentar hablar conmigo no garantiza nada. No suelo buscar conversaciones, normalmente no las necesito, ya he dicho que no soy amiga de contemporizar pero acepto encantada una invitación a conversar, pero también es cierto que abandono las conversaciones, con mucha facilidad, tan pronto veo que no me aportan nada.

Sucede simplemente que aunque no me gusta hablar a la ligera, ni por matar el tiempo, ni por charlar, ni por otro montón de cosas, sí me gusta, de hecho me encantan, las conversaciones que me parecen inteligentes y con contenido real. Tanto que siempre ando sedienta de ellas. Y, cuando con alguien me resultan fáciles me pego a esa persona cual dedo a la mano y la charla se nos puede volver mar.

 Con no poca frecuencia opto, en realidad, por callar o autocensurar preventivamente mis propias palabras. Y, ese era el final al que estaba destinado este texto. Decidí que no lo publicaría, Pero a veces encuentro gente como el hombre de anoche, rarisima vez estamos de acuerdo en algo, pero se atreve realmente a pensar por si mismo y ese pensamiento suyo es diferente a una mera colección de tópicos, tiene sentido del humor y no me refiero a que me haga reír si no a que sabe él reír y es esa risa la que resulta contagiosa, liberadora y hasta terapéutica. Y, al repasar el texto, al pensar en él, he comprendido que en realidad sí quiero publicar el texto.




...Hoy no habrá tijeras.

miércoles, 13 de enero de 2016

Vestir el negro (segunda parte)

He visto relacionar el vestir el negro, en algunos góticos, con el luto. Ignoro a que se refieren exactamente. Quizá a ese sentimiento de ser muertos en vida que algunos describen y que les nace de sentir que la sociedad les impide vivir realmente tal cual son. No es mi caso.

Mi “afición”, ¿necesidad?, de vestir el negro ya conté como surgió: una vida hasta entonces bastante amarga entra en un periodo de esplendor y felicidad que se rompe de modo brutal y repentino, un accidente de trafico, una muerte y por esa muerte se me viste (que no me visto) de luto por motivos meramente sociales. Pero ese color queda asociado, para mí, a todo lo bueno que hasta entonces el “entorno vital” que con esa muerte me desaparece me había aportado. Y, se convierte de ese modo para mi, el negro en el vestir, en un escudo, un abrigo, frente a la intemperie de la vida. Es mi forma de sentirme unida a todo aquello que tanto significo en mi vida, mi modo de seguir sintiéndome fiel a todo aquello que fue y me sonrió, la manera que tengo de decirle a la vida, que soy yo, la misma de entonces y que sigo abrazándoles aunque ya no estén; me hace sentir fuerte, segura y aceptada por la gente que me importa, me mantiene vivo el recuerdo de que merezco ser amada y respetada y de que en efecto lo puedo ser.



Pero comprendo que esa tendencia, a buen seguro, se habría ido diluyendo con el tiempo y hoy ya no quedaría de ello nada salvo el recuerdo y poco más, pero no ha sido así, algo una tarde de verano entro a formar parte de todo ello y reavivo y de un modo tal esa tendencia mía que hoy sé que jamás me abandonara.

Esa tarde sonó una canción que ya había oído imposible saber cuantas veces, pero por primera vez en mi vida esa tarde no la oí, la escuche que es muy diferente. Penetre en ella y al penetrar yo en ella fue ella la que penetro en mí. Atravesó el tuétano de mis huesos, hasta llegarme al alma y prender en ella cual semilla de un fuego que la propia vida, la propia sociedad, se encarga de que nada me lo pueda apagar.

Esa canción es de Loquillo, y sobradamente conocida, El hombre de negro. Esa tarde llore, llore al comprender la canción y con esas lagrimas quedo regada esa semilla de la que antes os hable.



Desde entonces visto el negro quizá más por el luto que por sentirme abrigada. Por la humanidad y su maldita manía de ser ella su mayor enemiga, antes que por mi. Y, desde luego jamás, ni antes ni después visto el negro por un luto por mí, no me siento para nada muerta en vida, al contrario, muy pero que muy viva es como me siento y me encanta sentirme así. Soy consciente de las presiones que la sociedad puede ejercer para arrastrarnos a no ser lo que somos si no lo que ella quiere que seamos, pero esas presiones, incluso cuando me alcanzan y me tocan e impúdicamente me manosean, al tocarme me resbalan, y se van como llegaron, siendo nada o cuando menos nada que merezca mi respecto. Siento incluso que no tengo ningún derecho a dejarme atrapar en ese tipo de redes, que hacer lo contrario sería una traición a la propia vida y un insulto al aire que respiro. Que al hacer eso convertiría mi vida en mentira y eso me volvería a mi misma, a su vez, una mentira. Y, al ser entonces yo misma una mentira habría con ello perdido mi derecho a una vida de verdad.

No son los góticos los que me parecen muertos en vida, muertos en vida me parecen en cambio todos aquellos que no los comprenden.



Pero si alguna vez me sintiera muerta en vida entonces tendría que dejar que fueran otros los que me vistieran, que me arrancaran el negro y me pusieran el sudario blanco, pues es de los vivos, no de los muertos el luto, y el blanco es el color de los muertos.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Soy cual cucaracha y lo sé

Siempre me ha impresionado la capacidad que tiene alguna gente para sentir que es “especial”, que ha nacido “tocado” por el dedo de Dios e investido de una dignidad distinta a la de otros seres y que hace que sus necesidades deban ser cubiertas por la vida, en ocasiones incluso sus caprichos y que eso es lo “natural”. Más me impresiona aun lo que son capaces de hacer algunos seres humanos en un permanente intento por lograr sentir eso.

Yo en cambio soy siempre consciente de que no soy más que una cucaracha, igual que ella nací y por lo tanto al igual que ella moriré, vivo atrapada en la ignorancia propia y ajena, en continua lucha por tratar de limitar el poder que esa ignorancia tiene sobre mi vida, sin ser consciente de ello puedo herir los sentimientos de cualquiera o cualquiera, sin que lo sospeche, herir los míos y pese a ello dependo de los demás, de su buena voluntad o de lo que yo les pueda ofrecer para “comprársela” pues no sé cultivar mi trigo, ni tejer mi ropa. Nada me asusta más que un mal vecino o un borracho al volante. Mañana mismo con intención o sin ella alguien puede pisarme o yo pisarle a él.



Dependo del aire, del agua, de otras vidas para alimentar la mía. Sé lo que es una gripe, una diarrea y un dolor de muelas. Sé que hay cosas peores y que tarde o temprano una de ellas me ganara la partida. Quizá avise antes de presentarse o puede que no se tome la molestia de avisar.

Sé que puedo estar equivocada y no darme cuenta a tiempo, que puedo tener un despiste e incluso un despiste grave y hasta uno además de grave irreversible.

Cada día trato de ser más fuerte que ayer, más sabía que ayer, pero nada de eso me garantiza nada, yo y todo lo que yo amo podemos rompernos en cualquier momento. Igual que una cucaracha puede acabar pisada por la bota sin que ni antes, ni durante, ni tras el pisotón nadie se percate siquiera de que había habido allí una cucaracha. Y, nada me dice que sus deseos, instinto de vivir fueran menores que los míos.

Una bacteria, un virus, cuando algo tan pequeño puede acabar con mis días...

¿Cómo podría yo sentirme grande?