sábado, 12 de diciembre de 2015

Sobre la buena y la mala gente; y, la otra.

Esta vez no puedo hablar con libertad ya que hay gente de mi entorno que me lee y sabe a quién pertenece el blog y no quiero que tengan demasiados detalles personales, pero hoy quiero hablar no de la buena gente, ni de la mala gente, si no de “esa gente” que no es ni lo uno ni lo otro, de lo que de ellos pienso y de lo que ante ellos siento.

Circula por Internet una cita cuya literalidad y autoria no recuerdo. Pero que viene a decir que cuando la mala gente logra sus propósitos es porque la buena gente no ha hecho nada por evitarlo.
Me gusta esa cita, pero esta equivocada. Pues la buena gente es precisamente la que hace algo por evitar un mal, una injusticia, no la que se queda mirando el espectáculo, escandalizada o no da igual, desde sitio seguro y garantizándose que no le afecte. Esa gente, la que se cruza de brazos ante el mal, ante la injusticia, no es mala gente en tanto y cuanto no hacen el mal, más tampoco son, para nada la buena gente, ya que lo consiente y dan a su modo al mal su beneplácito.

Esa gente, los tibios, los ni fu ni fa, aquellos que ven lo injusto pero que consideran de gente sensata llevarse bien con el injusto por ser esa la vía más segura para evitarse conflictos, la que se siente agradecida cuando el injusto le sonríe y le devuelve la sonrisa y piensa que “dado que me sonríe no puede ser tan malo y es injusto juzgarle mal”... esa gente es la que hace posible el mal, la injusticia. Sin ellos el mal nada podría pues los malvados son pocos y tan pocos que de hecho nada podrían sin los tibios. Y, es que la maldad puede o no ser poderosa cuando actúa por comisión, pero solo logra reinar e imperar sobre la vida cuando actúa por omisión. Por eso ellos los tibios, los ni fu ni fa, son el problema, no los malvados.


...o.O.o...
 
Edito: He aprovechado para buscar ahora la cita, es de Edmund Burke y dice literalmente:
" Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada."

jueves, 3 de diciembre de 2015

Soy cual cucaracha y lo sé

Siempre me ha impresionado la capacidad que tiene alguna gente para sentir que es “especial”, que ha nacido “tocado” por el dedo de Dios e investido de una dignidad distinta a la de otros seres y que hace que sus necesidades deban ser cubiertas por la vida, en ocasiones incluso sus caprichos y que eso es lo “natural”. Más me impresiona aun lo que son capaces de hacer algunos seres humanos en un permanente intento por lograr sentir eso.

Yo en cambio soy siempre consciente de que no soy más que una cucaracha, igual que ella nací y por lo tanto al igual que ella moriré, vivo atrapada en la ignorancia propia y ajena, en continua lucha por tratar de limitar el poder que esa ignorancia tiene sobre mi vida, sin ser consciente de ello puedo herir los sentimientos de cualquiera o cualquiera, sin que lo sospeche, herir los míos y pese a ello dependo de los demás, de su buena voluntad o de lo que yo les pueda ofrecer para “comprársela” pues no sé cultivar mi trigo, ni tejer mi ropa. Nada me asusta más que un mal vecino o un borracho al volante. Mañana mismo con intención o sin ella alguien puede pisarme o yo pisarle a él.



Dependo del aire, del agua, de otras vidas para alimentar la mía. Sé lo que es una gripe, una diarrea y un dolor de muelas. Sé que hay cosas peores y que tarde o temprano una de ellas me ganara la partida. Quizá avise antes de presentarse o puede que no se tome la molestia de avisar.

Sé que puedo estar equivocada y no darme cuenta a tiempo, que puedo tener un despiste e incluso un despiste grave y hasta uno además de grave irreversible.

Cada día trato de ser más fuerte que ayer, más sabía que ayer, pero nada de eso me garantiza nada, yo y todo lo que yo amo podemos rompernos en cualquier momento. Igual que una cucaracha puede acabar pisada por la bota sin que ni antes, ni durante, ni tras el pisotón nadie se percate siquiera de que había habido allí una cucaracha. Y, nada me dice que sus deseos, instinto de vivir fueran menores que los míos.

Una bacteria, un virus, cuando algo tan pequeño puede acabar con mis días...

¿Cómo podría yo sentirme grande?


martes, 1 de diciembre de 2015

Soy hija del viento

Soy hija del viento, mi madre es la profunda noche de los tiempos, esa, la que hace que todo sea pronto olvido y oscuridad y ya no quede vivo alguno que conserve el recuerdo de lo habido ni sondear pueda lo que fue y ya no es.

Hija soy de lo Ilimitado y su infinito número de combinaciones. De incontables sonrisas, de incontables llantos.

Hija de un mar de desgracias y fortunas, es lo que soy.

Nacida en el mundo.

Humana.

Y, animal, por lo tanto. Al contrario que otros y al igual que otros, mamífero, pero animal. Que así fue como me produjo el mundo, la vida, natura.

Y, comprendo lo que soy, comprendo donde estoy, o cuando menos lo intento. Y, cuando miro todo lo que veo me recuerda lo que soy. Viento y noche profunda. Hasta la Galaxia en la que vivo es eso: viento y noche profunda. No somos otra cosa, una brisa que llega y desaparece, un movimiento en la danza de la vida, un posibilidad hecha carne, hueso y sangre; hecha dudas, anhelos, preguntas, miedo y coraje; hecha mirada, pies para caminar y manos para hacer.

Y, me quedo perpleja y no sé que decir cuando veo que lo que encuentro obvio otros lo ven absurdo.


Ni me comprenden ni les entiendo. Donde yo solo veo una realidad ellos ven tres y un abismo separando esto de aquello y aquello de lo otro. Son hijos de la cultura en que nacieron, esa, la que les enseño que existe Dios, el hombre y la naturaleza. Y, que cada una de esas cosas es de naturaleza ajena a la otra, que el ser humano esta hecho a imagen y semejanza de Dios, pero no la naturaleza. Aunque la naturaleza sí forma el cuerpo de cada ser humano no por ello se la considera nuestra madre, se la vive como ajena. Y, es que nos dicen que los seres humanos tenemos alma y la naturaleza no. Y, tan asumido tiene eso la cultura en cuyo seno vivo que hasta los más ateos tienden a asumir como verdadero no ya que existen tres reino, el divino, el humano y el natural, pero tras negar el primero siguen empeñados en ver abismos separando naturalezas, creen, sienten, que una cosa es lo humano y otra lo natural, Que un hormiguero es naturaleza y una ciudad no, que un nido es naturaleza y una casa no, que una pluma es naturaleza y un jersey no. Entonces nos parece locura que una hormiga considere un hormiguero antinatural por el mero hecho de ser un producto hecho por las hormigas, pero contradictoriamente se juzga de cuerdos considerar una ciudad como un entorno ajeno a la naturaleza por el mero hecho de ser un producto artificial, es decir humano.

Pero debería callar, quizá. Pues siempre que hablo de estas cosas me pasa con la gente una de estas tres:

Con la gente de fe fuerte en sus amados prejuicios despierto incluso ira, son esa clase de gente que me considera malvada no tanto por pensar y sentir de ese modo como por no callarme, pues al no callarme les ofendo, les hiero, les ataco o eso sienten en esos prejuicios tan amados suyos. De tener poder para ello, segura estoy, me prohibirían hablar de ello bajo amenaza de flagelarme, en la plaza publica, y que, de no bastar con el látigo, en caso de aun así persistir en mi maldad, desvarió y mala conducta en vez de enmendarme con el temor a su látigo y de nuevo en la plaza publica se me quemaría viva, para escarmiento mio y advertencia publica de que mal acaba quién no se deja domar por el látigo ese.

Con las gentes de buen corazón, en cambio, pasa otra cosa, sienten repentina lastima por mi persona cuando me oyen decir cosas como que soy capaz de disfrutar tanto el acariciar el asfalto de una carretera como la hierba de un prado. Y, es que dado que no son ellos capaces de lo mismo, de sentir placer acariciando el hormigón de una pared se imaginan que ese “tanto”, “igual me da asfalto que rosal”, significa que nada soy capaz de sentir ante el trino de un pájaro o el viento jugando con mi pelo. No comprenden que ese “tanto me da”, no me roba placer si no que me duplica el de ellos.

Con las gentes que ni fu ni fa, con esas todo es sencillo, simplemente escriben raudo mi nombre en su lista de gente rara, pero que muy rara, si es que no me tenían ya en ella y me quitan a la vez de su lista de gente interesante o de la de quizá interesante si es que me tenían en alguna de ellas.

En fin, me da igual lo que diga esa cultura, está equivocada en ese punto. El ser humano tenga alma o no, que ese es otro debate, es un animal y por lo tanto un ser natural y todo lo que haga un ser natural es a su vez forzosamente natural.

Intentar negar eso es negar la propia esencia humana.



Y, sí, por supuesto, vale, de acuerdo, somos como es obvio un tipo de ser natural muy diferente a otros tipos de seres naturales. Pues claro, N-A-T-U-R-A-L-M-E-N-T-E.

Y, en fin...

Que lo humano y todo lo humano es un subconjunto de la naturaleza y que tratar de ver al ser humano como ajeno, superior, externo, etc de o a la naturaleza es tan disfuncional como si a un pájaro le diera por creerse un pez o a mi vecino de enfrente le diera por creerse Napoleón. Es entonces cuando nos volvemos un peligro para la naturaleza toda, incluida nosotros mismos.

(NOTA ACLARATORIA: Bueno en realidad todo lo anteriormente dicho, pese a que me reafirmo en ello, no significa que todo en la naturaleza me resulte igualmente placentero, de hecho hay cosas que hasta me desagradan y por supuesto prefiero acariciar un gato que un trozo de asfalto, pero es que también es natural que no todo me guste por igual, así me hizo ella, la naturaleza: Viento y noche)



sábado, 14 de noviembre de 2015

Vestir el negro (primera parte)

Es ley de vida que todo lo que tiene un comienzo tenga también un final. Pero en aquellos años yo no pensaba en eso. Me limitaba a disfrutarlos y sobre todo a nutrirme de ellos.

Al comienzo del segundo año de conocer a Débora mi padre, que no fumaba, decidió salir a por tabaco y jamás hemos vuelto a saber de él. Eso cambio muchas cosas, deje de entrar con miedo en casa y desapareció el despilfarro del poco dinero que mi madre ganaba. Me auto-convencí que me gustaba el hermano de Débora, lo que no provoco pocas risas entre ella y yo. Fue su familia la que me enseño a reír y fue su familia la que me enseño que existe algo llamado respecto y que el primer paso para sentir respecto por los demás es sentir primero respecto por una misma. Y, que sin ese respecto no se es nada. Y, lo aprendí, me lo enseñaron, con hechos, no con palabras.

El respecto no son modales, maneras, siempre fáciles de fingir. El respecto es un sentimiento que nace y florece dentro. Puede manifestarse, simularse, traslucirse, ocultarse y tratar de todo ello, igual que cualquier otro sentimiento. Nace de saber ver. Saber ver a los demás y a una misma. Tratar de comprender, saber valorar. Saber aceptar los propios limites para poder aceptar los de los demás y comprender la grandeza que anida entre esos limites.

Adopte como padre adoptivo al padre de mi amiga y nunca se lo confesé a nadie, ni a ella siquiera, pero realmente lo llegue a sentir como tal.

Y sucedió un mediodía que ese par de años llego a su final. Un borracho, una curva, dos coches. No hizo falta más. Sobrevivió el borracho pero no David.

Esa fue la primera vez que vestí el negro.

Yo quería correr hasta la casa de mi amiga, pero mi madre parecía medio desorientada, padecía de la gratitud de los pobres, esa que te hace sentir que des lo que des a quien te ayuda nunca les das todo lo que merecen y no me dejo correr, ni salir, hasta que me dio vestido de negro, pues pensaba ella que al menos a la abuela, a la madre de David, eso le podía ayudar.

Y, corrí, claro que corrí.



La abuela, al principio, no estaba en condiciones de prestarme ninguna atención, es probable que ni me viera. Débora no estaba mucho mejor. En el último año, desde que mi padre se fue, yo había comido allí casi cada sábado y luego también los domingos, lo que había sido una ayuda importante para mi madre, pero esa fue la primera noche que pase en la casa, también la última. Mi madre me dejo con mi amiga. La abuela, que sí era creyente, le dio un papel al nieto, con lo que me pareció un rezo en un idioma que estoy segura que ni el nieto entendía, luego se lo llevo a parte y hablo con él. Cuando regresaron el lo leyó y parecía entenderlo. No sé que fue exactamente, pero cambio aquello el aire de la casa. El dolor seguía allí, pero era ahora uno más en la casa y ya no su dueño, era la familia de nuevo dueña de aquellas paredes, de aquel techo, del suelo que pisábamos. Entonces la abuela me vio, miro a su nieta y nos pregunto si habíamos comido. Ni comido, ni cenado. Nos hizo cenar.

Al día siguiente volvimos a rezar. Vi meter el féretro en el coche fúnebre, salir el taxi tras él, con abuela, madre e hijos. Volvían al lugar del que dos años atrás habían llegado, para enterrar al padre. Yo me quede allí, ante la casa cerrada, a la que no he vuelto a entrar

Poco más o menos un mes después recomenzaron las clases y supe por mi madre que la hermana y el cuñado de David habían venido y se habían llevado con ellos todo lo empaquetable de la casa. No preguntaron por mí. Puede que ni supieran de mi existencia.

Jamás me llegaron cartas de mi amiga, da igual que las esperara. Volvía en vano del instituto con la esperanza de encontrar algo en el buzón, hasta los domingos lo miraba pese a saber que no había correo los domingos. Y, aun hoy conservo las cartas que entonces le escribí pues aun ahora sigo sin una dirección que poner en el sobre.

Pero me queda el sabor de aquellos días, las risas y voces y miradas.

Me refugie en el negro. No por luto, que nada necesitaba yo para simbolizar mi dolor. Pero era el negro el color que simbolizaba que había sido una vez una más o como una más en aquella casa. Y, sentía que eso se me escapaba, que la distancia y el tiempo me lo difuminaba cual si fuera niebla mañanera bajo el sol del mediodía. Y, el negro se mostró capaz de ser a la vez escudo, abrigo y hasta estandarte en mi vida.

Y, para pasar menos frio y no perder coraje, que no fue otro el motivo, comencé a preferir las prendas negras o cuanto más oscuras mejor.

Unos años después, una canción me mostró otro motivo para vestir el negro, y ya no sé a día de hoy cual de los dos me influye más, pero esa ya es otra historia.



viernes, 6 de noviembre de 2015

La niña sin cómics

Llueve y llueve y llueve. Nadie en las mesas, nadie en la barra y no me sorprende. Y, aprovecho.

Es entonces cuando entra el Ingles y me pilla enfrascada en Internet. Le veo y ve que le veo, sé que no tiene prisa, le dejo acercarse. Sigo enfrascada. Contemplo recuerdos que se han despertado.

Llega a mi lado, espera, nada dice, nada digo y termino dejando el ordenador. Me giro para preparar un café, sé que me lo va pedir. Antes giro el ordenador, quizá a modo de disculpa, invitándolo a ver lo que yo estaba viendo.

Me pregunta si es él quien me lo hizo. Pasa un fugaz instante y comprendo entonces a que se refiere. En la pantalla del ordenador hay un dibujo, de un personaje de cómic. Y, él lo ha confundido con un retrato mio que un conocido se ofreció hacerme para el blog. No es ese retrato. Es Death, un personaje que aparece en una colección de cómics de la editorial DC Comics, dentro de la colección de Sandman y al que encontré curioseando sobre el mundillo gótico , para crear ese personaje se inspiraron en una chica real, conocida por uno de los autores del cómic. Dicen que cada uno de nosotros tiene al menos un doble, esa chica y yo lo debemos ser y eso hace que tenga otro, por ella, en forma de cómic, si se le quita el anhk que lleva al cuello y el tatuaje bien parece Death el retrato prometido.


Pero ese no era el momento oportuno para hablar de lo que realmente estaba yo mirando mientras mis ojos se clavaban en el personaje de ficción. Pues aun seguía inmersa en el recuerdo que la imagen despertó. En el recuerdo de Débora y de lo que ella y su familia significaron en mi vida.

Cuando una familia necesita acudir a Caritas para llegar a fin de mes no se puede esperar que por la mano de una niña pasen muchos cómics. Eso no significa que no le gusten. Cuando, a poco de comenzar, aquel curso se puso de moda intercambiarse cómics durante el recreo yo no tenía cómics que intercambiar. Por no tener no tenia ni uno. Pero una mañana me acerque a la que más tenía y le pedí que me dejara uno, me pregunto entonces cual le dejaba yo en su lugar y dada mi respuesta me volví a mi rincón del patio sin cómic alguno. Ese rincón del patio era mio y yo era suya. Me sentaba allí y veía como la vida, a un paso de mi, jugaba y reía. Pero ese día no fui capaz de permanecer sentada en él. Me levante, entre en la biblioteca y saque un libro de cuentos que ya me había leído dos o tres veces, pero es que tampoco había mucho más donde elegir. Al llegar con el cuento al rincón me esperaba la compañera del “montonazo” de cómics con uno en la mano y una sonrisa, sé lo había pensado mejor. Lo acepte con vergüenza, lo leí con vergüenza y con vergüenza lo devolví.

A la mañana siguiente no me atreví a pedir a nadie un cómic. Pero no me faltaron cómics, al poco de sentarme llego Débora con tres cómics y los empezamos a leer. Nunca se lo dije pues por aquel entonces no parecía necesario ni venir a cuento pero yo admiraba aquel color miel de su pelo pero sobre todo la admiraba a ella pues pese a ser aquel mi colegio de toda la vida yo seguía siendo la “rara” mientras que ella, que había llegado con su familia al pueblo una semana tarde para iniciar el curso, ya estaba desde el tercer día totalmente integrada con las demás.


Ignoro que fue lo que la llevo a elegirme como amiga, nunca por entonces sentí la necesidad de hacer la pregunta. Pero la amistad que se formo aquel día hizo que los dos años siguientes fueran los mejores de mi vida.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Podéis creerme

Esta historia que aquí os voy a relatar bien me la podéis creer, ya que es toda ella enteramente verídica, bien puedo dar fe de ello, ya que no fue a otra si no a mí misma a quién tal suceso aconteció.

Hallándome yo en esa edad en la que ya no eres una niña pero aun tampoco una mujer, me ocurrió una noche, tras ponerme el pijama, y hundirme entre las sabanas, que el sueño que hasta ellas lleve pronto me abrazo y haciéndome olvidar el mundo en el sueño me submergi.

Más bien pronto, al no ser el sueño aun lo suficientemente profundo, note que alguien o algo se había sentado en el borde mismo de mi cama. No estando yo entonces, ni ahora, acostumbrada a tales cosas eso me despertó y pude, pese a la extrema oscuridad, y quizá precisamente por ella, ver con total claridad, que allí, sentado, con total serenidad y naturalidad no estaba nadie salvo el mismísimo diablo.

Le reconocí en seguida, al primer golpe de vista. Era tal y cual me lo habían descrito, no hacía muchos años, unas monjitas. De su frente sobresalían un par de cuernos mal afilados, su descuidada barba de chivo parecía querer alcanzarle el pecho, y tenia un extenso bello, quizá todo el púbico, que le alcanzaba desde la cintura hasta la raíz misma de los tobillos, tobillos que le nacían de unas pezuñas que si de cabra o de buey ya no sé, pero, con las cuales parecía sentirse enteramente cómodo. Su rabo, era inquieto y travieso y parecía ser cuando menos dudoso el control que ejercía sobre él ya que el dicho rabo, enhiesto, subía por su espalda y con su punta en forma de punta de saeta se rascaba la oreja, primero una, luego la otra y vuelta a empezar.

Con los ojos como platos y la boca igual de abierta, que así me los dejo la sorpresa, yo ni acertaba a decir nada, ni sentía necesidad de tal. Todas mis energías, en aquel momento, invertidas las tenia en tratar de comprender, ver, mirar y remirar el prodigio que se hallaba ante mis ojos. Fue él, pues, quién inicio la conversación.

Me dijo, con amables palabras, y mejor tono, que llevaba ya, él, mucho tiempo observando mis pasos por la vida. Y, que no estando yo ya en la infancia si no camino de mi madurez, vio que era ya hora de hacerme una oferta que de tan buena que era, a buen seguro, yo no podría rechazar.

Que tal y como yo seguro ya había descubierto la vida era un continuo toma y daca, un permanente yo te rasco hoy la espalda y tú me la rascas mañana, un dar para tomar y un sembrar para cosechar.
Es decir que la vida es puro negocio y acuerdo y que dado que ya estaba yo enterada de ello seguro que haríamos, él y yo, un esplendido negocio esa misma noche, plenamente satisfactorio para ambas partes.



Lo que el quería seguro ya os lo imagináis, mi alma y lo que me ofrecía a cambio, me dijo, era oro y plata y me mostró, no sé con que artificio tal cantidad de oro y de esa plata que no habría modo alguno de que cupiera en la tierra entera, pero de caber, por su propio peso, la hundiría hasta su mismísimo centro.

Pero dijo que eso no era todo, que junto al oro y la plata, me ofrecía reinos mil, otros tanto caseríos y regalías más, coronas, palios y hasta mitras. Y, hasta el yate de no me acuerdo que magnate.

Pero que esa oferta, ya de por si descomunal, la mejoraba añadiéndole ahora el darme todo el nombre y renombre, que yo pudiera anhelar y aun más, en el reino de los vivos.

Guardo silencio entonces, y yo permanecí boquiabierta y muda, cada vez más sorprendida.
Continuo en el silencio, el diablo, continuo mirándome y yo termine por comprender que estaba esperando una respuesta. Entonces recordé que la boca la tengo para algo más que dejar que la estupefacción me la abra y hable.

Con buenas palabras y con buen tono, como fueron las suyas, le dije que su plata y su oro se lo podía guardar, prestar o regalar o vender a quién él quisiera. Que no me interesaba. Que los reinos, caseríos y regalías, sus coronas y oropeles, todos, seguro que no le faltaría quién se los ansiara, pero que no era mi caso. Que nombre propio yo ya tenia desde el día en que a poco de nacer, mis padres indecisos, habían metido una docena de nombres en una ensaladera y tras marear un buen rato esas bolitas de papel la mano inocente de mi madre saco de ella el nombre que la vida, el azar o el cosmos, lo que fuera quiso darme y que a esas alturas de mi vida el nombre y yo ya nos habíamos tomado mutuo cariño por lo que no tenía intención alguna de cambiarlo y que en cuanto al renombre mejor no, no fuera a ser cierto lo que decía mi abuelo, aquello de que el clavo que más destaca es el que más martillazos se lleva. Pero...

Le admití que había algo que el poseía y yo ansiaba. Pero que por desgracia no estaba en su oferta ni yo tenía esperanza alguna de que me lo ofreciera.

Era ahora el diablo el que tenia la boca abierta y sus ojos, hundidos en sus cuentas, como platos, pero eso no detuvo su lengua, pregunto, quiso saber, que era eso que el poseía y con la cual podría comprarme. Y, entre repentinos sollozos míos, en los que rompió mi fuerte anhelo y mayor desesperanza, le dije que bien sabía yo que de todas las criaturas era él el único que conocía todos los secretos de la creación, y que lo que yo anhelaba era uno de ellos. El secreto que me permitiera dominarlo, esclavizarlo, castrarlo para tratarlo cual buey que se puede unir a un arado y con ese arado surtir de trigo al mundo.

Y, a través del velo de mis lagrimas vi como perdía el diablo su mascara de hábil negociante y en su lugar aparecía un rostro, su rostro. El de una pobre, misera y desgraciada criatura cuya única esperanza en la existencia es que fuera cierto aquello de “mal de muchos consuelo de tontos” y no pudiera por ello parar de buscar la desgracia ajena, la mía incluida.

Y en fugaz instante huyo entonces de mi presencia, el diablo, a través de las paredes, muros y esquinares de la oscuridad misma que habitaba entonces en aquella habitación. Y, desde entonces no he vuelto a saber de él.


...Pero aquellas lagrimas, las lagrimas de aquella noche, esas lagrimas tampoco las he olvidado. Son las mismas lagrimas que lloro cada noche.

sábado, 24 de octubre de 2015

La vida ama a la vida

Es ley de vida que la vida ama a la vida y odia las cadenas.

Vive el mar como vive el viento. Vive por que fluye. Todo en el son corrientes, un continuo y permanente bullir. De agua estancada jamás salio nada bueno, si hermoso es el estanque lo es el estanque pero sus aguas yacen muertas, no vivas,

Si algo sabes hacer bien, Rafa, y eso es lo que te sale, eso lo que te fluye desde dentro hacia fuera, que se lanza a bocajarro al encuentro de la vida desde el secreto, y cuna, mismo de la vida... ¿Qué diantres y mierda de necesidad sientes de encadenarlo a formas y modos que no son los tuyos?.

Muchos lo hacen bien, pocos muy bien, pero todos ellos, cada uno, lo hacen a su modo. Por eso pueden. Pero del modo que tú lo haces muy pocos pueden y aun menos saben. ¿Vas tirar eso por la borda?, ¿acaso por ser diferente es peor?

Puedo asegurarte que una de cada tres veces lo diferente es peor, otra tanto da, pero una tercera es mejor que lo habitual, tradicional, viejo y ya conocido y trillado.

La historia humana fluye, la sociedad fluye, la humanidad misma fluye, gracias a lo diferente.

La vida es distinta hoy a como lo era cuando nacimos, es un siglo nuevo, un milenio distinto y una era nueva es la que estamos iniciando. Nuestras vidas son cortas, solo veremos el inicio de esta nueva etapa de la humanidad y sin apenas comprender los cambios pero...

¿Quieres vivir esta nueva etapa de la historia con miedo a la diferencia?

¿No, verdad?

Pues eso.

Además, ya te ha dicho el Ingles, que en algún caso, en siglos pasados, ya se hizo bien y de ese modo.

Por lo tanto ya sabes que puede funcionar.

Lo sientes de un modo, te sale de un modo, pues hazlo de ese modo. O hazlo como te salga de la gana. Pero si lo haces como otros lo hacen solo por que ellos son muchos y tú solo uno...

Entonces te habrás equivocado y lo que tendrás entre tus manos para ofrecernos solo sera agua estancada. Y, no es eso lo que buscas.






Nota.: Ya tendremos ocasión de volver hablar de ello, seguro, ya lo buscare. Pero tenia que dejarte estas palabras aquí a modo de recuerdo permanente, que palabra escrita no la lleva el viento :-D

viernes, 23 de octubre de 2015

Todo tiene su lado oscuro

Todo tiene su lado oscuro. Todo tiene su sombra.

Lo podemos negar, no querer verlo. Negar y disimularlo.

Pero el lado oscuro seguirá ahí.



Y, no soy una excepción, tengo mi lado oscuro y oculto y secreto. Y, no me avergüenzo de ello, ni debiera.

Es esa una parte de mi, sin ella yo ya no sería yo, ni humana siquiera.

No estoy hablando de defectos, para mí no son defectos. No creo en los defectos.

Solo creo en las virtudes,. En las virtudes en su sentido etimológico. Como poder, como fuerza. Como capacidad de.

Como tales son las virtudes meras capacidades, aquello que te permiten hacer esto o lo otro. No es que sean instrumentos, que lo son a veces, es que son ellas las energías, fuerzas, que usamos para hacer uso de nuestros medios y herramientas en la vida y para la vida.

Lo que vosotros llamáis defectos no son otra cosa que virtudes usadas en un lugar inadecuada, en un momento inoportuno y de una errónea manera. Pero eso no significa que halla en ellas algo malo. Significa, simplemente, que no sabéis, aun, usar esas fuerzas que la vida os ha dado.

Pero si unos niños juegan con una cocina no es culpa de esa cocina si esos niños se queman. Y, esa ignorancia hace que con frecuencia nos quememos. Y, en vez de emprender entonces la tarea de aprender preferimos alejarnos de aquello que nos quemo, le culpamos, le difamamos y engrosamos con su nombre nuestra ya larga lista del mal. “Eso es malo”, decimos. Cuando lo que debiéramos decir es: “¡DEBO APRENDER!”.

Yo, Laura, tengo mi lado oscuro: Tengo miedos absurdos, siento ira, me embargan las dudas, soy orgullosa, tremendamente desconfiada, no me esfuerzo todo lo que podría, carezco de fe...

Y lo entendáis o no me siento orgullosa de ello.

Y, no espero que me comprendáis, ni lo pido, pero si quisiera que todo aquel que me considere equivocada, aunque tan solo fuera por cinco minutos en su vida, se parara a pensar, pero a pensar en serio, pensar de verdad, sin trucos ni auto-engaños, si de los dos el equivocado no lo será él.

Pues todo defecto usado en el momento oportuno, en el lugar conveniente y del modo adecuado no hay nadie que no lo llame virtud.


miércoles, 21 de octubre de 2015

Sobre la vida

¿Qué es la vida?

Pues no lo sé. Ni idea.

Dice mi jefe que la vida es eso que nos ocurre mientras hacemos planes para ella. Y, dice, Elvira, su mujer que sí, que eso lo dirá él pero que en realidad se lo copio a ya no se acuerda ella quién.

Pero yo, Laura, no sé que es la vida. Solo sé que aparecí en ella un buen día de agosto de 1985 y que desde entonces camino por ella, con muchísima frecuencia sin saber a donde voy, ni a donde quiero ir, ni siquiera a donde puedo ir y mucho menos en donde terminare.

En cierto modo la vida me es una sorpresa permanente, hasta me sorprende cuando a veces, en rara ocasión, no me sorprende, precisamente por eso, por lo raro que no me sorprenda y lo poco acostumbrada que me tiene a que no me quede boquiabierta.

Es es ella misterio que no se deja atrapar en palabras. Un misterio en el que nos movemos, respiramos y nos late el corazón en el pecho. Mar hecho de momentos en el que a todo antes le sucede un después, que se vuelve presente y termina enseguida, haciéndose pasado. Un pasado que ya no está y que sin embargo jamás se va.

La vida es ese misterio que está presente en nosotros mismos, volviéndonos con ello también misterio a nosotros mismos.


Quizá eso no sea saber mucho, puede que no sea saber que es en sí misma la vida, pero puede que sea también todo lo que se necesita saber de ella para comenzar a deshilvanar la madeja de nuestra propia vida.